Cada semana la mesa chica del gobierno se reúne para analizar la agenda de gestión, los emergentes y las emergencias políticas, reafirmar el camino trazado y evaluar si rectifican o no alguna táctica en curso. La integran el Presidente de la Nación, el jefe de gabinete de ministros, el jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y la gobernadora de la provincia de Buenos Aires. Eventualmente se suma algún funcionario de peso de Cambiemos, aunque casi siempre es un PRO puro.

La alianza que llevó a la Presidencia de la Nación a Mauricio Macri es una alianza electoral que no ha logrado aún asumirse como una alianza de gobierno. Fundamentalmente porque no coinciden las aspiraciones políticas de la mayoría de los miembros de mayor trayectoria, incluso dentro del partido de gobierno.
Macri ya deslizó en distintas oportunidades que buscará su reelección, quizás para sacarse el estigma que muchos han señalado sobre su gobierno, al sentenciarlo como uno de transición. Su vocación por dejar un legado visible en donde la obra pública haya achicado la brecha del atraso en infraestructura y reducido la pobreza requiere al menos dos períodos constitucionales al mando de la primera magistratura.

Es sabido que esta decisión del primer mandatario no será cuestionada (en persona) por ningún otro miembro de la mesa chica, ni quizás de la propia coalición electoral, salvo que los resultados y el repunte económico no sean los deseados o exista algún contratiempo insalvable que ordene barajar y dar de nuevo, lo que posibilitaría un plan B u otra opción a definir según sea el panorama al frente.

El problema que hoy moldea el propio ejercicio de poder dentro del partido de gobierno y afecta a sus aliados en todos los niveles de gobierno y funciones es el entramado de sucesiones que se pondrán en juego en 2019 a nivel provincial, las aspiraciones de los actuales gobernadores y aquellos que pretenden sucederlos.
Para llegar a la próxima elección de cargos ejecutivos, primero deberá Cambiemos consolidar mayor poder legislativo en octubre de este año. Esa aspiración de mayor representación legislativa tiene su lado visible y político que puede entenderse como margen de acción para administrar la agenda parlamentaria con menor costo y mayor eficacia. Pero también tiene un lado B que suele simplificarse con tan sólo mencionar la palabra “caja”. Hasta tanto no se reforme la ley que aporte claridad y transparencia al financiamiento de los partidos, todo lo que sea sinónimo de caja suele tener necesariamente un fin electoral cuando menos.

Ahora bien, si todo marcha según lo deseado por el presidente Macri, una precandidatura suya a reelección para la Presidencia de la Nación en 2019 por el PRO naturalmente implicaría las precandidaturas a reelección de Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal. La gobernadora seguramente contaría con todo el apoyo de Cambiemos, tal como sucedió en 2015, cuando se alzó con la gobernación de Buenos Aires. No así el jefe de gabinete.
La interna fallida con Martín Lousteau (desde ECO), quien casi le arrebata al PRO su territorio fundacional antes de la contienda nacional de octubre de 2015, dejó una herida abierta que Macri intentó cauterizar designando al contrincante de Rodríguez Larreta al frente de la Embajada de Estados Unidos en Washington, la más codiciada. Esa distancia se acortó esta semana pasada cuando la renuncia del embajador cayó como una sorpresa indeseable para el Presidente de la Nación. Macri le dijo al economista que le hizo perder una apuesta.

Se dijo que Lousteau le dejó la definición de la fecha de salida para cuando el Presidente lo ordenara, luego de la visita a Donald Trump, más adelante o cuando este se lo indicara. Peña se hizo cargo de la ejecución e instruyó a la canciller Susana Malcorra, quien desconocía la decisión de Lousteau, para que le ordenase el desalojo de inmediato.
Silvia Mercado consignaba en su editorial dominical que en la mesa chica de la semana pasada se escuchó decir: “A Lousteau ni Justicia”. Queda en evidencia que la guerra que vendría a pelear, y que advirtió a su tropa el ex embajador, implica dos visiones diametralmente opuestas en cuanto a la ampliación de Cambiemos y la gimnasia democrática interna que podría esperarse de una coalición pretendidamente republicana.

El jefe de Gobierno Rodríguez Larreta no quiere, al igual que todo el grupo de los PRO puros, que haya interna de Cambiemos en la Ciudad de Buenos Aires. Tampoco se lograría en Santa Fe, con los radicales aliados a los socialistas, pese a los esfuerzos del presidente de la Cámara de Diputados, el bonaerense Emilio Monzó, por sumar al justicialista Omar Perotti y lanzar Cambiemos a nivel provincial. En otros distritos provinciales más alejados del calor del poder porteño que cobija a la administración nacional, las estrategias locales variarán más o menos según sea como hayan resultado en 2015.
Así como Lousteau se prepara para el combate porteño, coqueteando con el Frente Renovador (Olmos lo sedujo pero no habría chance con el radicalismo), aunque jura que quiere hacerlo “lo más cerca de Cambiemos posible”. Tiene el apoyo del radicalismo y espera la decisión de Elisa Carrió para medir sus chances. Si la chaqueña juega finalmente en la Ciudad de Buenos Aires, los aliados de Cambiemos sumarán tranquilamente por arriba del 66% de los votos. Pero irán divididos en una inédita configuración de alianzas locales: PRO + CC contra UCR (¿y FR?). Afuera quedará el nuevo intento del PJ porteño con el armado que está llevando adelante el ex jefe de gabinete Alberto Fernández, con sello nuevo (CABA), sepultando para siempre al Frente para la Victoria.
En cambio, si la lideresa de la Coalición Cívica decide que su batalla sea en tierras bonaerenses, el escenario para Lousteau aparece más prometedor, aunque Diego Santilli se alzara con la victoria para el PRO por escaso margen. De esta forma, quizás gane más bancas y espacio para su proyecto “jefe de Gobierno 2019”. La definición no tardará en llegar, más que probable sea luego del domingo de Pascua.

Esta batalla por la Ciudad de Buenos Aires constituye el verdadero talón de Aquiles para el PRO y es la que explica más claramente la estrategia del PROpurismo que instaló el asesor estrella del presidente Macri, incluso antes de que existiera Cambiemos, el ecuatoriano Jaime Durán Barba. La idea es no ceder ningún espacio, poder ya constituido, ni territorio alcanzado. Mucho menos su terruño originario.
Carrió no lo quiere a Durán Barba gravitando en el armado de la estrategia electoral de este año. Puede que sea determinante para intentar equilibrar las fuerzas en la coalición Cambiemos. La amenaza de que el PRO fagocite a sus aliados no pasa desapercibida para ninguno de los candidatos que pretenden un espacio en las listas y no usan el uniforme de camisa celeste.

Es por ello que en esa pulseada entre Macri y Carrió para definir dónde juega cada alfil, torre o caballo, ambos estarán jugando el juego que conocen muy bien: el armado a dedo. Muy lejos de la praxis ordenadora que permiten las PASO en una coalición que se puso como objetivo reconstruir las instituciones de la república. Carrió ya preparó sus armas para negociar, tiene bajo su pulgar al presidente de la Corte Suprema con un pedido de juicio político que prometerá movimientos parlamentarios y judiciales sin precedentes.
Afuera de este análisis quedan las pujas por la sucesión de Mauricio Macri que también modelan el presente tenso e incierto de la alianza Cambiemos y en particular hacia dentro del PRO. Son muchos los que se anotan en esa carrera. Tres con mucho peso: Marcos Peña tiene tantas aspiraciones como Rodríguez Larreta o Vidal. Esas tensiones generan movimientos subterráneos que muy pocos ven. También se perciben desconfianzas y hasta jugadores que fiscalizan el curso de acción de cada uno de ellos. En el fondo son todos políticos, que miran muy adelante, quizás aún sin ver si hay un futuro posible que los encuentre allí donde se imaginan. Uno de ellos tres derrocha carisma sin preocuparse de que se agote. Eso no sucederá y muy probablemente se imponga como sucesora, muy a pesar de los deseos de los otros dos.

La identidad de Cambiemos está en crisis porque aún no ha definido si se asume como coalición de Gobierno o si ensaya otras configuraciones electorales de medio término para ir viendo cómo evoluciona el proyecto y si los resultados acompañan. Todos saben muy bien que no hay espacio para romper, por el momento, a Cambiemos. Quizás la clave pasa por entender que la afirmación de cambio indica una voluntad que hoy sigue vigente, aunque con intensos matices.

Pablo Olivera Da Silva