Tres primeros apuntes de las inmensas movilizaciones que se realizaron el viernes: el antimacrismo confirmó que tiene el control de la calle, el Gobierno sólo pudo oponer la ausencia de crítica y un vano intento de generar empatía al decir que “tienen la misma agenda” que los sindicatos y Cristina Fernández intentó ganar capital político sumándose a una marcha que no apoyó, pero a la que le dio volumen, al impulsar a 15 “Barones del Conurbano” a incorporarse a la protesta.

         El sindicalismo peronista tiene una forma muy particular de acotar el espacio de maniobra de los gobiernos no peronistas: descalificándolos e impulsando marchas, protesta y paros; algo que con lentitud deslegitima y desgasta a cualquier gobernante que no sea peronista de paladar negro o que se someta a la voluntad del pope gremial de turno.

         Raúl Ricardo Alfonsín enfrentó su primera gran movilización sindical a los 9 meses de jurar como Presidente de la Nación. A Mauricio Macri le tocó antes de cumplir su quinto mes en la Casa Rosada. Tiene que agradecer, dado que a Fernando de la Rúa, Hugo Moyano le hizo la primera manifestación de envergadura a los 3 meses de haber asumido. Sin embargo, Néstor Kirchner no tuvo que sufrió paros o marchas de importancia en su mandato, Cristina Fernández, chocó con Hugo Moyano a los 11 meses; y Carlos Saúl Menem recién tuvo la primera gran protesta a los 35 meses.

         Es imposible menospreciar las dimensiones de la marcha y su neto corte antimacrista, pero lejos está de mostrar un panorama hegemónico de las fuerzas que tomaron parte de la protesta. A cuatro centrales gremiales (las dos CGT peronista y las dos CTA) que convocaron y redactaron el documento que se leyó en Independencia y Paseo Colón, se sumó la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular, un creciente movimiento creado por la izquierda combativa que busca sindicalizar e integrar a los trabajadores irregulares o de actividades no formales; lo mismo que “La Cámpora”, como entidad política independiente, que ya es vista más o menos por fuera del peronismo.

         La presencia gremial no fue perfecta. Pese a que nada hizo por frenar la protesta y movilización, el Gobierno de Mauricio Macri logro meterse en la interna sindicar y la CGT “Azul y Blanca” de Luis Barrionuevo no participó del acto principal; lo que generó un inmenso enojo de Hugo Moyano, dado que en las charlas de unificación del sindicalismo peronista, el camionero siempre apoyó la presencia del gastronómico como una “pata” más, con derecho a voz, a voto y a sillas en la mesa de conducción que se está conformando. ¿Se mantendrá este espacio para el barrionuevismo luego del locro que comerán hoy el ex menemista con el Presidente de la Nación? Casi con seguridad, no, lo que implica que la unidad de las CGT comienza a ser una conformación débil, por lo menos, desde el punto de vista político.

         Tampoco estuvo presente en la marcha y movilización el Movimiento Acción Sindical Argentino (MASA) que encabeza el taxista Oscar Viviani, de excelente relación con el PRO porteño; y la Confederación Argentina de Trabajadores del Transporte, gremios moyanistas amparados por el subsidio estatal, que aseguraron medios de comunicación a los que quisieron trabajar, lo que le quitó fuerza a la jornada de protesta.

         El pelaje variopinto de los participantes permitió ocultar al grueso de los dirigentes kirchneristas que se quedaron sin trabajo el 10 de Diciembre entre los manifestantes; ni a los candidatos peronista que protagonizaron las sucesivas derrotas del ciclo de elecciones del 2015, en un vano intento por alentar sus sueños de mantenerse en el poder.

         Este atomizado escenario de representatividad genera una serie de dudas sobre la movilización misma: ¿La marcha surgió por presión de las bases ante la ola de despidos? ¿Fue una demostración de fuerza sindical ante un Gobierno débil y debilitándose a rápida velocidad? ¿Fue un intento de ordenar la confusa y competitiva interna gremial? ¿Fue una manifestación más de la compleja interna del peronismo y de la izquierda combativa, que no encuentran forma de consolidar sus armados?

         Sin duda, un poco de cada una de estas condiciones se impuso a la hora de decir “presente” en la protesta. Por eso, al descubrir que todavía tienen poder de movilización y un enemigo bien identificado, la reacción de José Luis Gioja, virtual nuevo Presidente del Partido Nacional Justicialista, fue llamar a elecciones primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias dentro del peronismo, sumando como fuerzas independientes a Sergio Massa y a “La Cámpora”, para recomponer al peronismo.

         De esta forma, como el radicalismo, el macrismo, el massismo, el lilismo y la izquierda combativa se reconfiguraron y articularon para encarnar el antikirchnerismo en 2015, buscando identidades únicas que le dieran fuerza en las urnas; el antimacrismo aparece como concepto aglutinante de los espacios dispersos del panperonismo y la panizquierda.

         En el ámbito legislativo, la marcha condiciona a los Diputados Nacionales, en especial a Sergio Massa y el bloque del peronismo no kichnerista, ante el tratamiento del proyecto de Ley de “Cepo Laboral”. La estrategia de impulsar otra propuesta que otorgue incentivos fiscales para los creadores de nuevos puestos de trabajo, en vez de un “Cepo Laboral”, han visto reducir su capacidad de negociación a su mínima expresión.

         Tan poco interés tuvo la Casa Rosada por frenar la votación del “Cepo Laboral” en el Senado que no fueron a las reuniones previas que hicieron las comisiones legislativas de la Cámara Alta ni los ministros de Trabajo, ni de Producción, ni de Hacienda y Finanzas. Es decir, nadie habló por el Gobierno para intentar modificar algunas aristas de la propuesta opositora.

         ¿Fue inteligente la estrategia del Gobierno de no intervenir en el Senado durante el tratamiento del “Cepo Laboral” con la esperanza de que en la Cámara Baja la oposición no pudiera sumar los votos para sancionar la propuesta? A todas luces, parece que no, dado que dejó nacer un riesgo mayor: El giro en la votación que se observó en el Senado debe ser un llamado de atención para la Casa Rosada no puede dejar de ver.

                Cuando se votó la Ley que permitía salir del default, la Casa Rosada obtuvo en la Cámara Alta 54 votos a favor y 16 en contra. Esta semana, ante el “Cepo Laboral” la derrota del oficialismo fue de 48 a 16 votos, un impactante giro de 180º. El discurso de Miguel Ángel Pichetto, titular de la Bancada del Frente para la Victoria, explicó muy bien este cambio, al reclamar al Gobierno que se había incumplido con la negociación y el pago de la coparticipación federal. Otra vez, a plata sobre la mesa.

         El Gobierno no debe esperar fidelidades en el Poder Legislativo. El dinero es el “lubricante” que impulsa las negociaciones y permite llega a los acuerdos. No importa que la Casa Rosada haya anunciado un plan de obras en la Provincia de Buenos Aires por 200.000 millones de pesos en cuatro años, u otro plan para construir 120.000 viviendas, o un programa de inversiones viales impactante, o que estén comenzando las primeras obras del “Plan Belgrano”, o que se esté cerca de reactivar las 930 obras públicas que dejó paralizadas el kirchnerismo por falta de pagos. Hasta que el dinero no llegue a las arcas de gobernadores e intendentes, no habrá negociación ni pacto.

         Mauricio Macri y su Gabinete tuvieron un rol clave colaborando en darle argumentos a los sindicalistas y antimacrista para sumar participantes a la movilización, dado que mostraron el perfil más duro posible contra los reclamos sindicales. Es más, se pusieron abiertamente a favor de los argumentos empresarios. Es cierto que fue por coincidencia ideológica, pero también hubo un objetivo político claro de la Casa Rosada.

         Hace dos semanas que la Casa Rosada está tratando de buscar un acercamiento con las grandes empresas para que comiencen a invertir. Colocarse del lado de ellas puede ayudar en ese objetivo. El anuncio de megaplanes de obras públicas ilusiona por su efecto movilización sobre el consumo y el empleo; y para impulsar la salida de 5 años de recesión.

         Si algo ha signado los primeros meses de la Administración Macrista es la lentitud en la acción política y en la instrumentación de anuncios y decisiones. Por el contrario, en macroeconomía, la eficacia ha ido de la mano de la eficiencia. Por eso, muchos creen que lo mejor para impulsar la microeconomía que ha hecho el “Gabinete Económico” es pensar en la inversión pública como motor de la reactivación.

         En parte, 12 años de Estado “presente” fue clave para que los actores económicos ajustaran sus inversiones a los canales, a las actividades que el kirchnerismo apuntalaba con los fondos del Anses o del Tesoro Nacional. Ahora, el macrismo sólo parece tener ojos para la agroindustria y las energías renovables; pero los empresarios van a seguir el rastro del dinero que gaste el Sector Público Nacional.

         En Casa Rosada sostienen que Mauricio Macri debe hacer una demostración de fuerza si el Congreso resuelve darle la espalda. Por eso está abierta la opción del veto, una herramienta que usó decenas de veces en la Legislatura Porteña, cada vez que la oposición le imponía proyectos de ley que no podía detener negociando.

         Además, les tienta la idea de un veto presidencial dado que el kircherismo quiere un “Cepo Laboral” para frenar los despidos y no renovaciones de contratos de miles de militantes de “La Cámpora” que aún pulular en la estructura del Gobierno nacional, dado que para Agosto se espera que la expulsión de “ñoquis” y privilegiados tome un nuevo impulso.

         Por otro lado, el Gobierno quiere hacer la “Lista de Traidores” que pueden darse vuelta en cualquier momento. En el Senado, fue notable el rol opositor que asumió Adolfo Rodríguez Saa, en especial porque la Casa Rosada está impulsando una fuerza política nueva en San Luis para desplazarlos del poder, después de décadas.

         Pero todos estos argumentos no deben hace olvidar el foco de lo visto el viernes: El antimacrismo está tomando forma, el peronismo quiere liderar esa opción y la Casa Rosada sigue sin tener la comunicación, ni la capacidad de hacer política para neutralizar o detener este proceso.