Devaluación, inflación y recesión, se constituyeron una vez más en una combinación explosiva para el desarrollo del crédito, porque lejos de fomentar la monetización de la economía provoca la desbancarización, porque deja de ser una fuente probada de resguardo del ahorro privado,

Para peor, la drástica caída de la confianza de los consumidores, y también de los empresarios, que llevaron a la reinstauración del control de cambios, al no poder soportar el Banco Central la salida de capitales para formación de activos externos, contribuyeron a desalentar el uso del crédito, un lubricante imprescindible en toda economía que aspire al crecimiento y desarrollo.

De ahí que tras haber alcanzado una proporción del crédito total al sector privado sobre el PBI 9,7% en agosto, descendió a 9,1% del producto en septiembre, según se desprende de los datos del Informe Monetario del Banco Central y su relación con la estimación del PBI al cierre del tercer trimestre, sobre la base de indicadores del sector privado.

(Marcelo Regalado)

Ese bajísimo nivel de uso del crédito bancario por el agregado de empresas y familias consolidó al país en los peores puestos en el planeta: sobre 167 naciones que mide el Banco Mundial, sólo están por debajo de la Argentina, excluida Venezuela que ya no se mide, apenas 5: Iraq, Gambia, Congo, Sierra Leona y Afganistán.

Venía de un rango de 16% del PBI en 2016, cayó a poco más de 15% el año siguiente, retrocedió a 11% en 2018, y a 3 meses de terminar 2019 cayó a 9,1% del PBI.

Semejante contracción se explica porque en un escenario con una tasa de inflación que se aceleró a más 50% anual, el total de préstamos en pesos apenas subió 2,6% en valores nominales.

Tal desbancarización de las familias y empresas, en un marco de alta recesión y aceleración de la inflación, determinó que la Argentina se afirmara en los peores puestos en el ranking mundial.

En el caso de las empresas sobresalió que el monto total de préstamos a través del adelanto de fondos en cuenta corriente (giro en descubierto”, a una tasa de interés promedio de 84,73% anual, subiera sólo 8,2%; en tanto el descuento de documentos, principalmente de cheques de pago diferido, se contrajera nominalmente 12,8 por ciento.

Mientras que en el caso de las familias, las principales usuarias de las líneas de créditos personales, para la compra de artefactos para el hogar, como a través del uso de tarjetas de crédito, para compras en supermercados, y también gastos de esparcimiento cerraran septiembre con baja nominal de 2,9% en el primer caso y suba de 23,7% en el segundo, variaciones que denotan cancelaciones en términos reales, habida cuenta de que las tasas pagados promediaron en el mes, en promedio, más de 70% anual.

De la estadística del Banco Mundial surge que el promedio del planeta registra una relación de crédito privado y PBI de 89,1%, mientras que en la Argentina cayó a la décima parte. Y respecto de la región contrasta con el 81,3% en Chile; 61% Brasil y Bolivia; 50% Colombia; 44% Perú; 42% Paraguay y poco más de 27% en Uruguay.

Sólo la recuperación de la confianza, y la explicitación de un plan económico que despeje temores de confiscaciones directas, o indirectas de los depósitos, como sería el retorno a tasas de interés negativas, el uso del crédito podrá recuperar el rol de ser un dinamizante de la economía en su conjunto.

Pero en ningún caso ese proceso será acelerado, porque se sabe que la confianza se construye día a día, y cuando se pierde de un día para otro, como ocurrió desde el 12 de agosto, por la falta de señales dirigidas a seducir al capital reproductivo. De ahí que cabe esperar un recorrido lento.