La máscara del Arte de Vivir, el lenguaje lavado que extendió el marketing electoral del eslogan sin contenido a formas vacías de expresión política y la impostada disposición al diálogo son el disfraz (con camisa celeste como uniforme excluyente) que han instalado varios funcionarios del PRO en distintas dependencias del Estado. Tienen como principales voceros al jefe de gabinete Marcos Peña, al asesor presidencial y ecuatoriano Jaime Durán Barba, apoyados por la “intelectualidad orgánica” de Alejandro Rozitchner, quien se muestra como el traductor ideológico del nuevo paradigma del fascismo zen.

En este video del 3 de noviembre de 2008, titulado “Educación y pensamiento crítico”, en su canal de Youtube, Rozitchner hace un ejercicio contradictorio de pensamiento crítico, justamente atacándolo. Todo un hallazgo para aprovechar y poner de relieve la discusión pendiente sobre la Política con mayúsculas, la antipolítica y la anomia colectiva.

Rozitchner afirma: “Hay un valor que me parece negativo y es el del pensamiento crítico. Los docentes gustan decir que quieren que sus alumnos desarrollen pensamiento crítico como si lo más importante fuera estar atentos a las trampas de la sociedad. Lo que propongo, en cambio, es que los docentes asuman el desafío de desarrollar el entusiasmo de sus alumnos, no el pensamiento crítico”.

Al término del corto de dos minutos uno puede entender, a pesar de lo poco claro del argumento, que lo que se intenta justificar con la no estimulación del pensamiento crítico es la aceptación de un modelo entusiasta de vida sobre ciertos aspectos de la sociedad que no requieren ni el más mínimo sentido crítico. Si despejamos esos aspectos de la vida en los que uno analiza para entender la realidad y tomar una posición, para cambiarla o ratificarla ante cada nuevo conocimiento, sólo quedan en la lista aquellos referidos al consumo y a la producción. Consumo de cualquier tipo (de pretensión infinita) y producción como forma de ser económicamente viable.

Por deducción, se entiende que se busca podar la complejidad humana para lograr la docilidad política de los individuos. Michel Foucault, con su aporte sobre la biopolítica, seguro lo explica mejor. Pero es preciso avanzar en el análisis del concepto fascista detrás de la normalización del individuo con aspiraciones de macho alfa, beta o simple épsilon, condenado a ocupar su lugar en el engranaje dispuesto según su capacidad o su suerte determinista.
La imagen es menos conocida pero varias veces imaginada en la literatura y el cine, de ciencia ficción, distópico pero siempre inquietante. Un mundo feliz (1932), del escritor británico Aldous Huxley, es la distopía más cercana al reflejo del capitalismo salvaje en el que los individuos son seres condicionados pero felices y entusiastas, con necesidades básicas satisfechas según su segmentación de mercado, sus habilidades y sus capacidades genéticas intervenidas; se destaca la satisfacción primaria de instintos naturales como el sexo o el juego. La contrapartida de este mundo feliz sin guerras y tecnificado es que en el camino se ha sacrificado al arte, la diversidad cultural, el pensamiento crítico, la filosofía y hasta el avance de la ciencia. Religiones también.
Los lectores entusiastas de novelas distópicas están más acostumbrados a visualizar al fascismo con la imagen megalómana y violenta de 1984. Una caricatura amarga del estalinismo con toda su parafernalia monstruosa, su aparato de propaganda, su imposición de la verdad, la reescritura de la historia y el control total de las mentes y los pensamientos de cada individuo. No sin dejar de lado la necesaria construcción épica del héroe nacional y del antihéroe como amenaza a eliminar.
Ambos son fascismos que atentan contra el pensamiento crítico. El fascismo zen se enmascara para ser subterráneamente efectivo y presumiblemente plutócrata o capitalista de Estado, a través de la persuasión emotiva que es asimilada, sin la violencia implícita del fascismo de Benito Mussolini o Adolf Hitler, donde la discusión política interna es anulada para focalizar los esfuerzos de ser nacional en la construcción hegeliana del Estado absoluto, del Estado nuevo. En ese país de todos ya no importa hablar de ciertas cosas, porque la verdad es una sola, ya que se alcanzó toda síntesis posible.
Pero para que esta acción programática no sea detectada rápidamente como fascista, se la viste de discurso feliz, proponiendo distintos eslóganes extractados de la filosofía budista o los talleres del Arte de Vivir para dominar el estrés o superar la depresión, expresando una filosofía de vida que prescinde de la política como un gasto energético inadmisible y, por supuesto, de las emociones negativas. Los significantes vacíos que el extinto Sir Ernesto Laclau ya arrimaba como insumos fundamentales para el populismo latinoamericano que han calado profundo en los Kirchner, se reinventan en la filosofía del marketing antipolítico del politólogo Durán Barba.
Jaime Durán Barba, en su columna “Imágenes y comunicación: hoy la forma es el mensaje” del 27/11 en el bisemanario Perfil, expone su diagnóstico del Homo sapiens y determina que lo que importa en la comunicación es la forma y no tanto el mensaje para convencerlo acerca de lo que le hace bien o a quién debe votar. Propone hasta una precisa ecuación de cantidad de palabras que podrán ser asimiladas, donde lo verdaderamente relevante es la emoción y el uso de la inteligencia emocional, aunque no se puede estar muy seguro de que realmente sea la misma definición a la que él apela o si no es simple cinismo. Justamente este es el rasgo distintivo de la comunicación populista que apela a la emoción, sin preocuparse demasiado por estimular el pensamiento crítico, la duda o, mucho menos, la discrepancia política.

El camino elegido es el de adaptarse en este medio donde la democracia de baja intensidad y delegativa se consolida ante la anomia colectiva y el individuo consume lo que sea. No se busca estimular la preparación del ciudadano y la construcción de una ciudadanía activa y participativa, es mejor que el individuo no ocupe su papel cívico, ya que, sin dudas, la tecnocracia y los tecnócratas de camisa celeste van a saber resolverlo mejor y sin necesidad de generar el gasto emocional que la angustia de la discusión política lleva implícita en cada negociación.

Ahora bien, el pensamiento del filósofo Rozitchner no se ha quedado perdido entre los infinitos videos de Youtube, sin dudas que es compartido por Marcos Peña, quien ha logrado una síntesis aún más inquietante y arriesgó a decir, la semana pasada, sin ponerse colorado, en el programa A dos voces, de la señal TN: “Hace rato en Argentina se piensa que ser crítico es ser inteligente. Nosotros creemos que ser entusiasta y optimista es ser inteligente. Y que el pensamiento crítico llevado al extremo le ha hecho mucho daño… Al final del día se pierde de eje cuál es la verdad”.
Peña está ofuscado y perturbado (se infiere en la nota) por su error caprichoso de intentar imponer el voto electrónico en la no reforma política. Y puede entenderse sin dificultad que interpelaba al pensamiento crítico de los especialistas informáticos y algunos pocos cientistas políticos avisando sobre los peligros del sistema que pretenden instaurar. Un sistema que le ha sido vendido al elector como uno del cual despreocuparse como ciudadano (no hacen falta fiscales, repite como mantra el secretario Adrián Pérez). Ignorando las alternativas propuestas para no caer en la visión binaria papel-máquina, desentendiéndose de la necesaria capacitación cívica en el papel fundamental que la ciudadanía debe ejercer en cada elección democrática.

Quienes hemos planteado una visión crítica de lo que quedó del proyecto de reforma política y electoral pasamos a ser culpables de su fracaso. Se nos endilga el costo de su impericia, de no tener plan B, de no aceptar revisar lo propuesto para no caer en el error en que se cayó. Y hasta se nos acusó de hacerles el caldo gordo a los señores feudales que dominan el territorio y las urnas (y también las máquinas). Esa visión binaria de la política también es fascismo, porque su verdad es la única que debe imponerse, contra la otra verdad que el relato anterior sacralizaba.
Desde diversos puntos de ataque, el fascismo zen quiere poner de relieve el gasto emocional que significa lidiar con el pensamiento crítico y las críticas, aunque sean sensatas o de argumentos irrefutables. Lo que importa es despejar la discusión y avanzar con un plan que se impone desde una matriz dada en la que todos somos parte, pero que no debemos ni es deseable cuestionar para mejorar o repensar desde cero. El que cuestiona pone palos en la rueda, el que alarga la discusión es un conspirador. Este es el mensaje que se dispara desde el facho zen, el alfa ordenador.
Cambiemos es una alianza electoral que necesariamente debe institucionalizarse para funcionar políticamente hacia su interior, para desde allí discutir la visión política de las fuerzas que la componen, dejando de lado el simulado diálogo, disminuyendo la velada soberbia que subyace al pensamiento fascista zen y ponderando la argumentación para mejorar en eficacia política, hoy mucho más cerca de la impericia que de la eficiencia. La salud de la coalición gobernante se proyecta hacia el sistema político, sus debilidades también.

El PRO es el socio más denso de Cambiemos, no sólo por su resultado electoral en cabeza del Ejecutivo, sino también por la composición ideológica de sus miembros. Hoy el fascismo zen ha prendido, se ha puesto de moda y quiere imponerse ante aquellos otros funcionarios y referentes que han resuelto los conflictos políticos con política y verdadero diálogo. Sabiendo que el desgaste de enfrentar a los demagogos, a los cínicos y a los antidemocráticos bien vale la república.
La Unión Cívica Radical y la Coalición Cívica tienen también mucho para aportar en densidad institucional y doctrina filosófica republicana. No integrar lo mejor de cada partido a Cambiemos en su papel gubernamental es perder la oportunidad histórica de institucionalizar nuestra democracia con más política y verdadero ejercicio republicano en todos y cada uno de los miembros de la sociedad.

Pablo Olivera Da Silva