Argentina atraviesa hoy una de sus crisis políticas más extensas y profundas en cuanto a la complejidad sociológica que cualquier análisis pueda arriesgar. El significante vacío que se usa como síntesis para explicarla, desde una simbología flexible, es la famosa grieta. Puede ser política, ética, moral, partidaria o filosófica. Una división entre “nosotros” y “ellos” que reabrió el kirchnerismo cuando les dio voz y discurso oficial a las viejas discusiones setentistas que las facciones más violentas llevaron al extremo de la lucha fratricida.

Néstor Kirchner, y luego su esposa, se valieron del uso y el abuso de varios significantes vacíos para captar la atención de grupos minoritarios que no tenían lugar en la sociedad o que habían sido postergados en sus reclamos. El filósofo Ernesto Laclau, quien sirviera de intelectual orgánico al movimiento populista latinoamericano, instaba al uso de estos significantes vacíos para que sirvieran de aglutinadores de voluntades políticas en torno a un mismo movimiento heterogéneo.

En realidad, quien había usado ese viejo truco para sumar a la mayor cantidad de personas en un mismo movimiento nacionalista y populista fue Juan Domingo Perón. Así sufrió la lucha interna entre las ideologizadas y fuertemente autodenominadas derecha e izquierda peronistas. El resultado de tal ensalada conceptual fue visible para toda la ciudadanía y tuvo episodios endógenos y sangrientos que aún quedan en la memoria de aquellos que la han vivido en carne propia: por ejemplo, la masacre de Ezeiza. Una lucha por el palco que disputaron Montoneros a los líderes sindicales de la CGT, en esa histórica vuelta de Perón a la Argentina el 20 de junio de 1973.

El acto de la CGT del pasado martes 7 sobrevoló ese recuerdo lejano de una disputa radicalizada en el seno del movimiento peronista y afines. El palco fue finalmente tomado por la facción kirchnerista más radicalizada y sostenida por algunos aparatos municipales afines a la menguante conducción de la ex presidente Cristina Fernández de Kirchner. Los “gordos” del mini triunvirato fueron corridos por largas cuadras y el esfuerzo por estirar una definición de la posible fecha de un paro nacional fue el detonante que provocó la visibilidad del momento tan heterogéneo como centrífugo.

Hoy, con la fecha ya definida para el 6 de abril para la CGT, sin movilización, y con movilización para la CTA, luego de haber cancelado la anunciada para el 30 de marzo, el panorama se advierte más claramente. Más allá de que la marcha pueda medir fuerzas en cuanto a convocatoria y aparato, lejos está el movimiento sindical de resolver sus múltiples internas.

La realidad indica que la homogeneidad del movimiento sindical peronista no es posible y que tampoco podrá servir para encontrar al nuevo conductor del movimiento. El rechazo a la ex jefe es prácticamente total entre los cegetistas. Recuerdan el desprecio y su destrato de los últimos años. Pero el drama para la CGT no viene solamente desde la incapacidad de lograr una conducción potente, sino de la pérdida de esa conducción en manos de los sindicatos trotskistas, que suman adhesión en las bases y los movimientos sociales, que han ganado poder y caja a fuerza de negociaciones con el Gobierno de Mauricio Macri.

Es en este punto donde el Gobierno debe tomar nota. Deberá comprender que el camino en la cornisa elegida para colmar las expectativas salariales, prolongar y revertir la caída reciente, de la fe del electorado en un crecimiento económico que parece incipiente pero aún poco palpable para el electorado, continuar con el combate a la inflación y calibrar la dosis de gradualismo aplicado a recortar el déficit fiscal es tan riesgoso como demandante de una praxis política más atenta a las picardías de los oportunistas de siempre.

Las protestas por las demandas sociales seguirán en franco aumento porque existe una necesidad electoral en distintas fuerzas políticas que apuestan a capitalizar esa condición de debilidad del Gobierno, ya sea por los resultados magros de la política que combaten y acusan de neoliberal y aperturista, o por los despidos reales que comenzaron a generar alarma, pero que, en muchos casos, se justifican como tardíos ante la falta de competitividad de años en algunos sectores empresariales nucleados en la Unión Industrial Argentina (UIA) que antes obedecían y temían al Gobierno cristinista. Sabían de las posibles represalias que sucederían en caso de producirse esos despidos que hoy impulsan.

Sin embargo, lo más llamativo e ineluctable de lo que hoy sucede en las variadas orfandades de la dirigencia argentina, pero en especial de la dirigencia peronista, es que se nota el olor a cala. Se nota la muerte biológica de la memoria emocional del peronismo de Perón.

Están más presentes y contundentes los paros extorsivos contra los gobiernos no peronistas que las imágenes de la parafernalia y la propaganda del fascismo de Perón. Y he aquí el peligro de la interpretación parcial que pueda hacer el Gobierno sobre lo ocurrido con las marchas de la CGT y docentes. Las demandas son genuinas y deberán ser atendidas de alguna forma. Pero, a la vez, esas dirigencias son percibidas como débiles y extorsivas para un vasto segmento de la sociedad.

Esos dirigentes de raíz peronista no logran entender que las urnas hablan y que el fascismo corporativista en Argentina va muriendo con el recuerdo del abuelo que amaba a Eva y a Perón, y que sus hijos y sus nietos estaban obligados a adorar. Esa memoria emotiva está en su último suspiro. Ya no podrán capitalizar el descontento y el pedido de “vamos a volver” cuando para esa facción desorientada el recuerdo de Perón se contrapone con el variopinto desfilar del kirchnerismo por los tribunales para rendir cuentas de su probado latrocinio y también, a la espera de todas las causas por venir, para varios de sus posibles candidatos.

Es la oportunidad que hoy tiene el Gobierno de Macri para levantar la república desde las ruinas que no han sabido comunicar con precisión, quizás por el consejo marketinero del duranbarbismo. La advertencia cada vez más potente, del ala política y de la sociedad que ha visto caer a la Alianza, es que esta recuperación debe hacerse sin más balazos en el pie, siendo humildes y escuchando a los que más saben (de política).

Son los tiempos que se avecinan los que imponen la praxis política. Ernesto Sanz fue consultado en Madrid, quizás para dejar de ser una voz de consulta y pasar a ejecutar con su voz.

Pablo Olivera Da Silva