¿Qué está pasando con las democracias en este siglo XXI? ¿Se cumplió la profecía de Alexis de Tocqueville que vaticinó en La democracia en América? La visión de una forma de vida versus una forma de gobierno que necesita ser actualizada en clave global y ciudadana.
Es preciso empezar definiendo “democracia” sin necesidad de entrar en el eterno debate académico sobre poliarquías y democracias de intensidad variable. Podemos comenzar analizando nuestra forma de vida, preguntándonos si en todos los ámbitos de nuestra cotidianeidad nos regimos por decisiones aceptadas mayoritariamente, consensuadas y debatidas con argumentos a favor y en contra.
La democracia, como forma de vida, es una manera de organizar nuestras relaciones humanas donde todos comprendemos lo valioso de cada opinión, por más errada que esté, y propiciamos un entendimiento sobre la base del consenso. Hay sociedades que pueden lograr ese mecanismo de forma natural gracias a la práctica continua por parte de generaciones completas a lo largo de un período inespecífico de tiempo.
Alexis de Tocqueville publicaba, en el año 1835, la primera parte de La democracia en América; allí describe cómo el movimiento democrático de los norteamericanos sentaba las bases para su organización política y la creación de las instituciones políticas que se extendieron luego por todo Occidente. En la segunda parte, publicada en 1840, se concentra en ambos procesos, tanto el movimiento democrático como las instituciones políticas, para entender los peligros que acarreaba la democracia para sí y en sí misma.

Así como De Tocqueville entendía que la democracia era una forma de vida para los norteamericanos y que sus instituciones políticas eran una consecuencia de su forma de actuar en lo cotidiano, identificaba un gran peligro intrínseco en la forma política: el despotismo light. Este despotismo edulcorado era sinónimo de la tiranía de las mayorías o el despotismo popular, advertencia que ya había predicho el filósofo Immanuel Kant: “La democracia constituye necesariamente un despotismo por cuanto establece un Poder Ejecutivo contrario a la voluntad general. Siendo posible que todos decidan contra uno cuya opinión pueda diferir, la voluntad de todos no es por tanto la de todos, lo cual es contradictorio y opuesto a la libertad”.
Asimismo, De Tocqueville vaticina que la violencia partidista era una consecuencia de la lucha por el poder en democracia y que existía una posible y hasta inevitable subordinación de los más preparados a los condicionamientos y los prejuicios de los iletrados o los ignorantes. De esta forma traía la vieja deformación democrática ya formulada por Aristóteles: la oclocracia o el gobierno de la muchedumbre. Asombrosamente, continuaba en sus admoniciones para con el peligro que encierra la democracia al advertir el cercenamiento de libertades vitales, como la libertad intelectual, que serían posibles si la facción que administrase el poder así lo quisiese (ver nota sobre fascismo zen). Además, veía posible y hasta natural una degradación progresiva de la administración pública, la incapacidad de una equilibrada provisión de educación, el acercamiento a la cultura o la asistencia social.
Cabe preguntarnos por qué el autor consideraba con tanta preocupación esa posibilidad. La realidad de tales manifestaciones puede notarse en el análisis de la evolución de las sociedades de base democrática que hoy existen en el mundo occidental.
Si la democracia en América se sostenía sobre la base del control comunal, la participación ciudadana y una accountability horizontal (léase control de gobierno horizontal por medio de mecanismos republicanos), además de una indispensable separación entre la Iglesia y el Estado —es decir, el triunfo del Estado laico para beneficio de todos los habitantes de una nación con diversidad cultural y libertad de culto—, cuando la democracia fuera perdiendo estos condimentos, necesariamente sería reemplazada por una minoría acostumbrada a manejar el poder y avanzar sobre las libertades y las opiniones del resto de la ciudadanía, imponiendo un relato, una visión, una sola vía de acción fuera del consenso y el debate político.
Tanto De Tocqueville como Kant entendían que lo opuesto al despotismo era la república, donde la división de poderes, tal como la definía Montesquieu en su frase: “Para que no se pueda abusar del poder, es preciso que el poder detenga al poder”, era la base para la contención de cualquier desborde de poder por parte de una persona o un grupo faccioso.

Sobre la democracia real para el siglo XXI
La crisis de representación mundial, las cada vez menos potables “candidatocracias” (elecciones dirimidas entre figuras donde los partidos se ha debilitado en extremo como organización política basal, incapaces de postular referentes creíbles de su propio riñón), las marchas multitudinarias en todo el mundo donde una importante porción de la ciudadanía global descree de lo político (no de la política) y cuestiona las bases de un sistema que no lo representa, nos permiten inferir que hay en curso una revolución de la conciencia que deben ser canalizada de forma positiva si se atienden las cuestiones estructurales subyacentes al momento histórico.
Es innegable que plantear una democracia real no es bogar por la democracia directa que practicaban los atenienses del siglo VI a.C. sino perfeccionar la democracia representativa que se practica actualmente en los países soberanos que no están bajo el yugo de las tiranías personalistas.
La clave está en el control y la selección de nuestros representantes. Aquellos hombres y mujeres que deben velar por los intereses del Estado-nación en clave universal, es decir, sin dejar de entender que la globalización nos ha puesto en sincronía mundial para todos los procesos y que es responsabilidad de todos los pueblos del mundo tener una agenda común para debatir los temas que interesan a la humanidad toda.
Es por ello que el camino hacia una democracia real se sustenta sobre la base de la educación cívica y una construcción ciudadana permanente, el control (tanto ciudadano como horizontal, es decir, accountability), la promoción de la organización administrativa basada en el gobierno abierto y la propiciación de debates políticos en la mayor cantidad de lugares públicos y privados posibles con el objeto de entusiasmar a una mayor cantidad de ciudadanos, quienes deberán comprender que la democracia es garante de las libertades individuales y grupales, vehículo para lograr la igualdad de posibilidades y un progreso sostenido sobre la base de una justicia para todos.

Pablo Olivera da Silva