Después de un  primer trimestre con una tasa de aumento del PBI de 3,6%, se pasó repentinamente a un escenario de crisis cambiaria, y severa recesión en la economía real, traccionada inicialmente por la subestimación de los efectos de una singular sequía, luego de los perjuicios de las inundaciones, pero luego agravada por la crisis cambiaria que surgió a fines de abril y que aceleró la inflación desde entonces.

Para frenar ese proceso, el equipo económico acudió a la asistencia del Fondo Monetario Internacional, el ministro de  Hacienda aceleró la reducción del déficit fiscal, con mucho de contabilidad creativa y retracción de la obra pública; y el Banco Central subiendo las tasas de interés, y empezando a secar la plaza de pesos con aumento de los encajes y mayor actividad en el mercado secundario de las Lebac.

“A partir de mediados de junio, una nueva conducción del BCRA se enfocó en lograr un mayor control de los agregados monetarios, introduciendo aumentos en los requisitos de efectivo mínimo de las entidades financieras para reducir la liquidez del sistema. También se permitió un  acomodamiento de tasas en el mercado secundario de Lebac, consistente con la mayor astringencia monetaria. La combinación de todas estas medidas finalmente logró traer una mayor calma en el mercado cambiario luego de varias semanas de fuerte inestabilidad”, resalta el Informe Monetario.

En ese período, el tipo de cambio flotó hacia abajo y hacia arriba, como en los últimos días, pero con un saldo neto virtualmente estable que inspiró la confianza en los técnicos del Central de que “lo peor ya pasó”.

En los últimos días se asistió a un quiebre en la senda bajista del tipo de cambio, desde el pico de $29,57 al cierre de junio a menos de $28 a mediados de julio, pero subió moderadamente a $28,36. Se considera en el mercado real que puede constituir una señal de que la autoridad monetaria no está dispuesta a repetir la estrategia anterior de atrasar la paridad como ancla inflacionaria, porque el país necesita generar divisas genuinas, a través de la exportaciones de bienes, pero también de la atracción del turismo internacional y desaliento de la salida masiva de los residentes.

De hecho, cuando se le pregunta al ministro de Hacienda luego de presentar la sexta baja trimestral consecutiva del déficit fiscal sobre ¿cómo hará para desacelerar la tasa de inflación del 30% en junio a 17% en 2019?, respondió “pregúntele al presidente del Banco Central, Luis Caputo”.

Y la autoridad monetaria respondió a las pocas horas con la presentación del Informe Mensual de Política Monetaria con dos párrafos, uno vinculado con la perspectiva de la actividad en el sector real, donde prenuncia la posibilidad de un tercer trimestre con estancamiento, que daría inicio a la salida de la recesión del segundo; y también de la desaceleración de la inflación del pico de 3,7% en junio a 2% a la salida del invierno.

Así, sobre el primer punto, sostiene: “en materia de actividad económica, la mencionada sequía ha producido una muy significativa contracción del sector agropecuario en el segundo trimestre, que llevaría a una caída del PBI en el mismo. El patrón de las sequías anteriores (2009 y 2012) sugiere que en el tercer trimestre el nivel del producto agrícola debería volver al del primer trimestre de 2018, portando positivamente al PBI. El escenario base del BCRA tiene a los sectores no agropecuarios mostrando una contracción en el tercer trimestre, producto del efecto ingreso de la mayor inflación, y al sector agropecuario compensando dicha caída”.

Mientras que respecto del segundo punto, agrega: “la visión del BCRA es que en el escenario base la inflación se moderará a partir del tercer trimestre. De todas formas, considera que deberá mantenerse el actual sesgo contractivo hasta que la trayectoria de la inflación y la inflación esperada se alineen con la meta del 17% en diciembre de 2019. Adicionalmente, el BCRA considera que, en la transición hasta alcanzar tasas de inflación de un dígito, el esquema de metas de inflación con la tasa de interés como único instrumento de política monetaria debe ser complementado por un seguimiento más atento a los agregados monetarios”.

En este punto, la conducción a cargo de Luis Caputo se diferencia de la de Federico Sturzenegger en que no sólo centra la estrategia monetaria para abatir la inflación, siempre y cuando que desde la  vereda de Hacienda se avance en una baja genuina del déficit fiscal, esto es sin artilugio de no atrasar pagos a proveedores y de apelar a recursos no tributarios, como predominó en el primer semestre

Sobre esa base, “el BCRA operará con este nuevo esquema de política monetaria y el sesgo contractivo necesario para alcanzar su objetivo de inflación de 17% anual en diciembre de 2019”, concluye la síntesis del Informe Mensual.

Ahora el desafío de la autoridad monetaria es poder avanzar en el sendero buscado de desaceleración de la inflación, pero sin atrasar el tipo de cambio real  y comenzando a desandar el camino de las altas tasas que desalientan el consumo y  asfixian a las pymes.