Desde el cambio de Gobierno, los economistas, tanto del sector privado como del oficialismo, e incluso el propio presidente Mauricio Macri, han resaltado y sostienen las dificultades de arrastre de más de 70 años que enfrenta el país para poder superar no sólo los ciclos cortos de parar y arrancar (stop and go, se decía en los 70, o el Día de la Marmota, en una visión más moderna).

Un factor explicativo de ese proceso ha sido no sólo la incapacidad de la dirigencia gobernante por cambiar la estructura productiva para que acompañe las tendencias mundiales, sino también preocuparse y ocuparse para que las finanzas públicas cumplan el rol de redistribuir la riqueza en lugar de alimentar burocracia improductiva, con sus consecuentes efectos negativos sobre la inflación y la multiplicación de la pobreza.

Y si bien el 2018 había comenzado con expectativas, más oficiales que privadas, por avanzar hacia un cambio de esas restricciones y penosa historia económica que lograron superar gran parte de los países vecinos, una vez más desaciertos en el diagnóstico y, consecuentemente del diseño de políticas superadoras, encontraron al país mal preparado para soportar los efectos de crisis financieras y cambiarias en algún lugar del planeta, como fueron la de Turquía y la de Brasil, pese a haber logrado un rápido y generoso apoyo financiero del Fondo Monetario Internacional.

Sin embargo, Bernardo Kosacoff, un destacado académico en universidades nacionales y privadas, profesor de postgrado, y activo asesor a funcionarios de gobierno desde la vuelta a la democracia, cuando se abocó con preferencia en su paso por la CEPAL entre 1983 y 2002 a coordinar el Área de Estrategias Empresariales y Competitividad, y que fuera honrado con el Premio Konex Platino a la figura más destacada por su trayectoria en la década 1997/2006 en la disciplina Desarrollo Económico, y activo colaborador con “los chicos” de “Un Techo”, no pierde su visión optimista.

– A raíz del abrupto cambio de tendencia del ciclo económico, de 3,6% de crecimiento en el primer trimestre a menos del 5% en el segundo (cayó 6,7% en junio), muchos economistas comenzaron a alertar sobre un escenario muy recesivo, sintetizado en “en esto no da para más, se derrumba todo”, ¿comparte ese escenario?
– Creo que es una visión sobreexagerada al máximo. Obviamente, una de las mayores dudas del presente tiene que ver con cuál es el programa financiero del Gobierno de acá hasta fin de 2019. Y eso depende de los supuestos que use. En realidad, si se observan los datos técnicos se advierte una situación absolutamente sostenible , pero si hay una pequeña porción del financiamiento faltante en el mercado interno y si nadie está dispuesto a financiarlo, se genera una situación de incertidumbre horrible que es lo que se vio en las últimas semanas.

– ¿Es comparable la situación actual con la de crisis anteriores, se asemeja a alguna, al menos en los últimos 35 años de vuelta a la democracia?
– Me tocó desde 1983 en adelante asesorar a casi todos los ministros de Economía del país, desde mi puesto en la Cepal; y vi situaciones complicadas, como la crisis previa al Austral (1985), o las hiperinflaciones de 1989 y 90; o en el Tequila (1994/95), en el inicio de la recesión en 1998/ 2001. La de hoy  es un chiste.

– ¿A qué atribuye que pese a que las necesidades financieras faltantes no serían tan graves se cae en una situación en la que también algunos encumbrados economistas advierten sobre un escenario casi apocalíptico, forma parte del ADN argentino que no se tiene confianza en el país?

– No, porque en realidad tenemos esta paradoja, que un problema que sería relativamente manejable y consistente, cuando se tienen expectativas negativas, por más que falte muy poco para cubrir las necesidades de financiamiento, si la gente cree que se puede volver a entrar en situación de default, y que el pasado un poco nos condena, eso genera una situación de inestabilidad notablemente fuerte. Pero desde el lado de la economía real la situación es muy distinta porque estamos viviendo los efectos colaterales que se armaron desde fines de abril en adelante, y esto está afectando el nivel de actividad; el de empleo; la cadena de pagos, y en todos los problemas que se están viviendo.

– ¿Eso por qué ocurre, si el Gobierno ha hecho progresos notables en el manejo de las finanzas públicas e incluso hace dos meses firmó un singular acuerdo con el FMI? ¿Por qué cree que los economistas y analistas internacionales miran a Turquía, y a ahora a Brasil, y sus efectos sobre la Argentina?
– Porque venimos de desequilibrios muy fuertes, con una economía con déficit fiscal y de cuenta corriente muy altos y una presión impositiva que es la más alta de la historia, y prácticamente donde el nuevo gobierno comenzó con cero nivel de reservas internacionales netas, porque la única plata disponible era el swaps de monedas del Banco de China. Si usted hacía las cuentas el 10 de diciembre de 2015 veía que se debían USD 8.000 millones de importaciones que no se pagaban; USD 10.000 millones de transferencias de las empresas extranjeras que no estaban autorizadas; el pago de las famosas ventas de dólares a futuro; es decir una situación con prácticamente nada de reservas. Eso generaba una situación muy difícil, donde había que corregir los dos atrasos que generaban el ancla para que no aumente la inflación: la situación cambiaria y los subsidios de las tarifas de los servicios públicos, que obviamente eran dos desafíos no menor.

Creo que al final del período anterior de gobierno se estaba al borde del precipicio; y que se estuvo la habilidad de no caer. Si se hubiese producido la gran crisis el Gobierno entraba con un diagnóstico más claro y a la gente se le hubiera revelado todas las dificultades que había, pero, por otra parte, hubiese tenido consecuencias sociales espantosas, con lo cual me parece espectacular que eso no hubiese sucedido.

– Pero a juzgar por la reacción de los mercados, pareciera que lo que hizo el Gobierno no fue suficiente. ¿Volvimos a estar al borde del precipicio, o aún hay margen para superar este momento?
– No, creo que tenemos mucho más margen que las expectativas negativas que existen en este contexto. Las dificultades que hay se circunscriben a las necesidades financieras de los próximos 18 meses. Si se mira en términos de otros indicadores, creo que estamos en un punto en el cual se puede mirar con mucho optimismo, no como una fiesta, ni mucho menos. Sino porque creo que hemos tenido una corrección cambiaria; y una parte sustantiva del atraso de las tarifas ya se ha recuperado ; y que por otra parte, toda la situación de incertidumbre de los últimos años del gobierno anterior generó un fondo anticíclico del sector privado absolutamente notable, porque colocaron sus activos en moneda extranjera, no por la codicia sino por la incertidumbre de largo plazo, y que el blanqueo de capitales de más de USD 100.000 millones también da ahora un uso de ese dinero, del cual, de alguna forma los agentes económicos pueden volcarlos al sistema económico. Esto es importante.

– ¿Por qué imagina que con ese escenario al Gobierno le cuesta hacer buenos pronósticos? Firmó un acuerdo con el FMI y menos de dos meses ya se ve que no podrá cumplir con la meta de inflación extrema para este año; ni con la variación de reservas; y de activos netos del Banco Central, con lo que contribuye a alimentar la incertidumbre de los inversores externos y también de muchos economistas y grandes comunicadores locales
– Creo que no hay una única explicación, intervienen hechos externos, como una “tormenta” que nos genera más volatilidad e incertidumbre que es un factor adicional que nos complica la vida, no es el determinante más importante. Hubo también errores no forzados que se cometieron, desde la cuestión propia de la institucionalidad de cómo se toman las decisiones al interior del Gobierno, y de cómo se reorganizó, claramente no es la mejor forma de operar una situación tan delicada como la que afecta a la Argentina, y es la ausencia de alguien que coordine evidentemente los distintos trade off (equilibrios).

Y esto, al mismo, de mi perspectiva creo que hay una ausencia de ver el esquema de consistencia macroeconómica de cada uno de los instrumentos, y al mismo tiempo trata de evaluar cuál es la situación de la capacidad productiva y de la transformación del aparato productivo del país, y el impacto social. Aquí aparece un área donde el Gobierno opera bien que es en la parte competitiva que tiene la economía, que es un aspecto notablemente importante y positivo, pero no es suficiente para poder sostener el funcionamiento de la actividad agregada, ni mucho menos para la creación de empleos y generar expectativas para un desarrollo sustentable e inclusivo.

– ¿Cómo ve las medidas que tomó Hacienda en las últimas semanas, en particular en lo referente a reducir a la tercera parte los reintegros de impuestos; la suspensión de la baja de las retenciones para las exportaciones de los derivados del poroto de soja, y la eliminación del Fondo Sojero? ¿Era el momento, no da la señal de que se resiste a hacer un recorte real del gasto improductivo, penalizar el alto ausentismo, y opta por quitar hoy supuestos beneficios al sector exportador, y mañana a otros?

– Eso generó un ruido adicional. Si se ve la presentación del ministro de Producción que compartí con usted el Día de la Exportación en el seminario que organizó la Cámara de Exportadores de la República Argentina, se destaca la teoría de que “todos tienen que poner algo” frente a una situación de corto plazo, que si se resuelve socialmente todos vamos a ganar. El panorama más espantoso que podemos tener es caer en una crisis muy profunda, cuando es posible evitar.

Creo que el Gobierno mira correctamente que en el largo plazo la salida es una mayor propensión a la inversión y el rol importante que tienen las exportaciones. En ese sentido, comparto esa visión. Pero al mismo tiempo no tiene en claro la complejidad de ese fenómeno. El impacto de la caída de la reducción de las retenciones expuesta por el ministro es una parte muy pequeña de la mejora que derivada de la corrección del tipo de cambio. Por tanto, si todos ponen, por más que se trate de medidas que no vayan en la dirección de fortalecer la capacidad exportadora, se puede llegar a entenderlo.

– En esa línea del que “todos ponen” ¿no le parece que el Estado no se incluye, porque baja los subsidios a los servicios públicos para reducir el déficit fiscal, pero le genera más gasto a las empresas y familias; recorta los reintegros y le reduce ingresos a los exportadores?
– Creo que se ha perdido mucho tiempo por no racionalizar el Estado. La propia forma de organización de una cantidad enorme de Ministerios, determina la superposición y la no coordinación de tareas, inclusive la existencia de mucha gente con gran capacidad que no está plenamente utilizada; y uno se sorprende que ahora se propongan reducciones de gastos, como en el Congreso,  ¿por qué no se hizo antes? Y creo que muchos de esos casos quizás no tengan un impacto macroeconómico, pero sí en términos de tratar de entender que es fundamental mejorar la calidad del gasto público, de reducir todo lo que es innecesario.

El funcionamiento de la economía requiere de instrumentos de política pública, y esa señal puede ayudar al beneficio social, siempre que estén bien evaluada y siempre que tienda impacto positivo en la búsqueda de reducir la desigualdad en el país, y en la competitividad de las empresas. Hoy se observa una cantidad enorme de gastos en donde todavía su evaluación no es la más adecuada, y no se sabe si es parte de la solución, o, mucho más claro, parte del problema.

– Cómo estudioso y asesor de empresas del sector productivo ¿cómo está la Argentina para enfrentar un esperado escenario de reactivación en 2019 si se clarifica el horizonte de mediano y largo plazo?
– Definitivamente en ese plano soy mucho más optimista de lo que es la mayor parte de la gente que evalúa el estado del aparato productivo argentino. El primer elemento importante que nos diferencia del resto de las crisis anteriores, generalmente estaba asociada a una seria complicación de patrimonio neto negativo que tenían las empresas; y fundamentalmente niveles de deuda más elevados, y en muchos casos nominada en moneda extranjera, cuando la mayor parte de sus ingresos eran en pesos, que generaba un elemento adicional de inconsistencia y que uno de los problemas más serios que llevaba a procesos de recesión, y arrastraba también al sistema bancario. Eso se vio bien a fines de 2001, cuando el nivel de morosidad estaba en casi el 30% en algunos casos, por la alta deuda en moneda extranjera. Y el patrimonio neto negativo se había extendido a los sectores más productivos y competitivos del país, como los de la zona núcleo de la Pampa Húmeda, porque estaban todos los campos hipotecados con la banca oficial.

Hoy observo una situación muy distinta a ese pasado, y también nos diferencia, por ejemplo, del caso de Turquía, en donde hoy el nivel de deuda que tiene el sector privado en la Argentina es notablemente bajo; y la posición de activos externos de las empresas es notablemente positiva. Esto tiene que ver con el fondo anticíclico que armó el sector privado, que algunos estiman entre 300 y 400 mil millones de dólares, con lo cual le da una posición patrimonial notablemente importante. Por supuesto que lo que existe ahora con la tasa de interés alta y con la recesión, y todos los problemas que se generaron en materia de capital de trabajo y de la operatoria de las firmas, no es un tema menor. Pero no en términos de préstamos imposibles de pagar, ni de niveles de endeudamiento altos como en el pasado. Creo que esto es un punto importante para pensar la situación de la economía argentina.

– ¿Qué hace falta para que esos capitales que usted ve como un fondo anticíclico, y que aún en situación de crisis se sigue acrecentando, como muestra mes a mes el balance cambiario del Banco Central, para que vuelvan a la actividad productiva y comercial que los generaron?
– Uno pensaba que justamente con el cambio de gobierno a fines de 2015 ese proceso iba a ser inmediato, pero no se dio. Uno de los temas más complejos que se dan es que cuando se deciden hitos importantes para el desarrollo de los negocios, con un fuerte proceso de inversiones, desarrollo y estrategias tecnológicas, ganar mercados externos, y demás, son decisiones del presente que comprometen el futuro. Porque en general exige invertir en activos específicos para que generen resultados en los próximos 5 a 10 años, o más, y si no se tiene ese horizonte a la vista es muy difícil poder estimar cuál será el flujo de ingresos futuros, y ver si vale la pena invertir en la producción, o seguir teniendo la notable flexibilidad que da tener el capital líquido en una situación de “wait and see”.

El otro punto que aparece con notable claridad es la heterogeneidad del aparato productivo. En el sector moderno y competitivo, que siguió invirtiendo, y que este Gobierno le dio marcos regulatorios, y que permitió una regeneración de la capacidad de riqueza en todo lo que es la bioeconomía, la ganadería, las energías renovables, Vaca Muerta, y otra gran cantidad de áreas, hoy está presente que esa gente ha hecho inversiones muy fuertes.

Por otra parte, quien es competitivo si no sigue invirtiendo tiene mucho para perder. De modo que muchas veces, sin tener grandes rendimientos del capital, si quiere mantener una posición de mercado, y que justamente la valoriza, sigue invirtiendo. Esa es justamente la trampa que enfrenta, que tiene que seguir ganando competitividad porque sino esa posición de mercado se deteriora.

– ¿Cree que ese tipo de inversiones, las del sector moderno de la biotecnología y las de las empresas líderes, alcanzó una entidad como para poder predecir que superado el efecto de la sequía y ajustado la política macroeconómica, no se va a extender la recesión que se inició en el segundo trimestre y que tal vez se extienda hasta el último del corriente año?

– No, eso alcanza para algo que para mí, que soy relativamente optimista, y que ya tenemos la primera evidencia para el inicio del año que viene que vamos a tener, con bastante esfuerzo, un dinamismo en la capacidad exportadora, no solamente por la perspectiva de una excelente cosecha de trigo, maíz y soja, sino también de más energía; y diversos bienes industriales que tienen un encadenamiento y una complejidad, donde detrás están los sectores de desarrollo de semillas, genética, la biotecnología, la maquinaria agrícola, servicios financieros; y todo un mundo de complejidad, realmente notable.

También creo que vamos a ver resultados muy positivos en muchas economías regionales, como observo lo que está sucediendo en el área de  frutas frescas, como las peras y manzanas; los vinos finos; la miel, la cereza, langostinos, y otra gran familia de productos, más aún con las nuevas reglas de juego resultante de la corrección de la paridad cambiaria.

– ¿Y en otros rubros?
– La otra área que está dando sus resultados y que también va a ser un aporte muy significativo para mejorar la balanza comercial es el sector de la energía. Prácticamente todas las estimaciones están coincidiendo en que hacia fines de 2019 vamos a tener equilibrio entre la oferta y demanda energética interna. Recordemos que la Argentina había logrado un superávit comercial en este rubro de casi USD 9.000 millones, y se pasó a un déficit de USD 6.000 millones, es decir se produjo un desvío de USD 15.000 millones, y creo que eso se va a recomponer.

Y dos áreas más también van a tener un impacto significativo: 1) el de los servicios culturales, es decir los basados en el conocimiento, donde se está llegando a exportaciones cercanas a USD 8.000 millones por año, y además se ven varios proyectos que también son importantes, sobre todo en lo que respecta a la generación de empleos calificados; y 2) la reversión en el saldo de divisas del turismo internacional, en donde claramente van a disminuir las salidas de residentes y va a crecer el ingreso de extranjeros.

El conjunto de estas actividades le va generar al país saldos comerciales positivos importantes, y eso será también relevante para el programa financiero del Gobierno.

– Y contribuirá a descomprimir el abultado saldo de la cuenta corriente de la balanza de pagos del país…
– Exactamente. Creo que vamos a tener todo el impacto de la devaluación de los últimos meses en el primer trimestre del año que viene, cuando llegue la cosecha gruesa, principalmente del maíz y la soja.

– ¿De modo que no habrá que esperar al segundo semestre, como desde el inicio de este Gobierno se ha estimado, y prácticamente no lo logró, al menos de modo sustentable ni en 2016, parcialmente en 2017, y tampoco ahora?
– En términos de dinamismo de las exportaciones ya lo vamos a ver a fines de noviembre o diciembre, que es lo que me dicen los productores de trigo, que esperan tener una excelente cosecha, aunque comienzan a preguntarse si van a contar con la logística suficiente para poder transportar la esperada cosechas para poder exportarla. Esto es importante, pero obviamente, está con un impacto más importante en el interior del país; y mucho más ajeno en las grandes áreas urbanas, y en particular en el Gran Buenos Aires.

–  Ese panorama es para un 30% del PBI, para el resto de los sectores, más abocados al mercado interno ¿qué escenario cabe esperar?

– Lo que uno tiene es que muchas de las exportaciones que se hacen, y está muy claro en otro sector que va a registrar un crecimiento muy significativo de las ventas al resto del mundo es el sector automotriz, tienen un vínculo que en el diagnóstico del Gobierno, creo, tiene un poco de sofisticación, donde plantea correctamente el potencial exportador y poner el centro en ese componente de la demanda agregada.

Pero uno de los elementos más determinantes para que el país adquiera una base exportadora es tener un potente mercado doméstico. La Argentina es el tercer mercado interno más grande de América latina; y en términos del mundo está en el puesto 20; y se ubica entre los 5 más relevantes, en términos de generación de riqueza, sacando de los países desarrollados que integran la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico. Ese es el elemento más significativo y determinante, por ejemplo, para que vengan las Inversiones Extranjeras Directas.

Cuando se ve cómo se forman las cadenas globales de valor, y las estrategias de las 500 empresas más importantes del mundo, uno de los puntos que sobresale como clave para la generación de valor, de conocimiento y el desarrollo de las capacidades, es ver si hay un mercado lo suficientemente atractivo que permita hacer todos esos esfuerzos. Y  la Argentina está en el club de los 10 países que tienen esas condiciones.

Creo que uno de los elementos fundamentales es romper los falsos dilema entre el mercado externo y el doméstico; y que ambos interactúan en forma similar. Esto mismo sucede en la dicotomía que se volvió a plantear si industria o campo, que es un absurdo total, como lo demuestra lo que es la bioeconomía de la Argentina y el rol central que cumplen los sectores industriales y de servicios para ubicarnos en la frontera tecnológica internacional de productos agroindustriales.

– ¿Cómo se le explica a la dirigencia argentina de que el país forma parte de ese selecto club de naciones con un relevante mercado interno, cuando históricamente muchos económicos han enseñado que la Argentina tiene un consumo tan pequeño que depende del resto del mundo para crecer, y por eso la Inversión Extranjera Directa se mantenido, salvo el caso de las privatizaciones, en niveles muy bajos comparado con el resto de la región?

– Justamente, hay que romper otro falso dilema entre mercado doméstico y mercado externo, hoy para poder participar de las grandes cadenas globales de valor hay que estar integrado al mundo, y tener una notable capacidad como para importar y generar producción, pero también el camino hacia el desarrollo va hacia la especialización intraindustrial. Esto es lo que hay que entender. La Argentina, equivocadamente, se abocó al excesivo proteccionismo para vivir con lo nuestro; o sino seguir el otro camino de la apertura, pero solamente vía las importaciones.

La protección excesiva lo que ha significado es mantener una insuficiente productividad y competitividad como para después salir a vender al resto del mundo, y el exceso de la apertura importadora llevó a situación dramática, donde una parte relevante del aparato productivo dejó de producir y tuvo una involución hacia los procesos de ensamblado y de maquila, en donde se llegó rápidamente a una muy buena tecnología de producto, pero sin llegar a desarrollar las capacidades y perdiendo empleo, con lo cual se tuvo involución en términos de tecnología de producción y en los procesos de investigación y desarrollo; y en la calificación de la mano de obra, que es el sustento del desarrollo económico.

– ¿Cómo califica la política cambiaria del Gobierno, porque pareciera que no se define si hay que dejar apreciar el peso como ancla de la inflación, o dejarlo flotante y que se acomode para incentivar la exportación y desalentar las importaciones de bienes y servicios?
–  Creo que la tentación del ancla cambiaria no sólo fue danina en términos del aparato productivo, sino también ha generado todos los problemas del déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos, y tener que recurrir a un excesivo financiamiento externo. Me da la impresión que es fundamental no caer en esa trampa, que es muy tentadora, porque es justamente la herramienta que posibilita una mejora notable del poder de compra de los salarios, y eso permite viajar al exterior, de comprar productos ensamblados importados; los productos de consumo durable caen en precios relativos, porque la gente tiene la sensación de poder comprarlos, pero genera una distorsión de precios, que beneficia en realidad al sector no transable de la economía y el deterioro de las exportaciones.

En términos estructurales de largo plazo el problema central de la Argentina es que en los últimos 20 años la productividad no ha crecido, y eso está profundamente asociado al bajo nivel de inversión, y a los escasos gastos en inversión y desarrollo, a lo cual se agrega el deterioro de las capacidades educativas para calificar los recursos humanosLa apreciación del peso, bajo tipo de cambio, lo que permite tener es salarios altos equivalentes en dólares y una pérdida de productividad comparada con la de los países que tenemos que competir en el mundo. Ese es el peligro mayor que hay que evitar volver a caer.

El aparato productivo lo que necesita es un tipo de cambio de equilibrio, y fundamentalmente todo el desarrollo a la competitividad no precio, que se deterioró, como es el costo logístico, de presión impositiva, rigideces en el mercado de trabajo, que en conjunto tenemos que resolver para volver a generar capacidad de poder vender al resto del mundo.