Los últimos datos de la actividad económica desagregados, correspondientes al tercer trimestre de 2017, y los parciales de octubre a diciembre, mostraron que tanto desde la producción, como del consumo y la inversión, se fue afianzando el proceso de reactivación, luego de la recesión en un 2016 donde la inflación se disparó a un rango de 40 por ciento.

Sin embargo, desde la Jefatura de Gabinete comenzaron a surgir voces primero, y acciones después, que llevaron a virtualmente intervenir en las decisiones de política monetaria de un Banco Central que se creía que había recuperado la autonomía, porque se consideraba que no estaba alineado a la gradualista política fiscal; y por tanto se lo forzó a que “recalibre” la meta de inflación que, como corresponde, venía definida por el Ministerio de Economía desde 2016; y que mantuvo cuando en 2017 fue desdoblado en Hacienda y Finanzas.

Dante Sica, director de la consultora Abeceb y uno de los economistas más cercanos a la actividad real por su asesoramiento a diversas cámaras industriales, del sector minero y potenciales inversores internacionales, consideró en una entrevista mano a mano con Infobae que el Gobierno hizo bien en “coordinar las velocidades de las política monetaria y fiscal porque se corría el riesgo de que en 2018 se interrumpiera el proceso de reactivación que empezó a manifestar en el último semestre”.

– ¿Qué lectura hizo de la decisión de la Jefatura de Gabinete de subir la meta de inflación  del 10% al 15% para este año y, al mismo tiempo, que el Banco Central inicie un proceso de baja de las tasas de interés de referencia del mercado para revertir el atraso cambiario?
– Creo que es bueno que el Gobierno haya puesto en blanco sobre negro un problema que venía arrastrando desde todo 2017 que era la descoordinación entre las metas de política fiscal y de política monetaria. Era como si un avión volara con dos turbinas que funcionan a distinta velocidad, y por tanto avanzaba de manera torcido. Eso generaba una fortísima presión en el corto plazo sobre dos variables claves: tasa de interés real y tipo de cambio. ¿Cuál era el riesgo? Que lo veía para más entrado 2018 porque claramente las metas inflacionarias para 2018 de años anteriores eran incumplibles, el consenso del mercado la ubicaba muy por arriba, y que el Banco Central en lugar de bajar las tasas de interés las volviera a subir, que era lo que tenía que haber hecho, con lo que hubiera generado mayor apreciación del tipo de cambio, con el riesgo de que fuera absorbiendo la ganancia de competitividad que venía consiguiendo el Gobierno con las reformas tributaria, fiscal y, previsional, que tanto le costó.

– ¿Usted cree que el Banco Central miraba tanto la brecha entre la meta de inflación y las expectativas de mercado, más que el real sendero de la suba de los precios al consumo mes a mes?
– La autoridad monetaria tenía la obligación de ver las metas que le había establecido Economía y mirar ese sendero. Y conociendo al presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger, que fue funcionario a fin de los 90 y también sufrió la presión del tipo de cambio, creo que también miraba cómo se apreciaba el peso. Por tanto si se tiene una meta hay que cumplirla y eso obligaba a subir la tasa de interés. De ahí que insisto en que el riesgo no era tanto lo que venía haciendo sino lo que podría hacer la autoridad monetaria, es decir la sobreactuación, porque para el primer trimestre de este año todos esperábamos que volviera a aumentar las tasas de interés porque las expectativas de inflación del mercado se alejaban de la meta.

– ¿Entonces cree que lo que hizo el Gobierno de elevar la meta de inflación a las expectativas del mercado estuvo bien?
– Si, porque, por un lado, blanquea una descoordinación; alinea las dos velocidades de la política monetaria y fiscal. Usted sabe que la literatura y los analistas de la economía también nos dividimos, están lo que sostienen que se debería haber acelerado el ajuste fiscal, para poder acordar; y los que alertaban sobre la sostenida apreciación cambiaria porque puede ‘comer’ todos los logros que se estaban teniendo en materia de competitividad. Y, por el otro, sinceró las variables. Va a tener un poquito de impacto en expectativas en un trimestre que va a ser ‘caliente’, como vamos a ver (Nota del Editor: por la acumulación de suba de tarifas y de precios regulados); pero, de alguna manera, genera las bases para que todos bajemos la incertidumbre y tengamos información mucho más clara, precisa y sin ruidos.

– ¿Qué ruidos observaba?
– Por un lado, no hay empresa que, le puedo asegurar en general, haya hecho su presupuesto para 2018 pensando en una tasa de inflación de 10% o 12% que era la meta que tenía el Banco Central.

– El mismo Presupuesto que aprobó el Congreso en la última semana de diciembre muestra un supuesto de 15,7 por ciento… 
– Exacto. Pero, en general se ve que todas las proyecciones privadas estaban entre 16% y 17%. Y también en el mismo Gobierno, no sólo en el Presupuesto 2018, si se observa la negociación salarial de Aerolíneas Argentinas se advierte que se estableció un 16% más una cláusula gatillo que se activa si la inflación es superior. Y casi dos meses atrás, en un reportaje, el ministro Nicolás Dujovne, dijo que para él las negociaciones salariales tenían que cerrar en torno a 16,6%. Me parece que se hizo bien en poner en claro en el papel coordinar las políticas monetaria y fiscal, y, de alguna manera entrar en un sistema de metas cumplibles para los próximos años.

– ¿No le hizo ruido que justo el día después que se votara la Ley de Presupuesto el ministro de Hacienda dijera “vamos a corregir los supuestos de algunas variables, porque ahora tenemos más información; y el día después de la publicación en el Boletín Oficial también se publica una Decisión Administrativa con su firma que eleva la autorización de gastos del año anterior y aumenta el déficit fiscal en unos $7.500 millones?
– Son cuestiones que me parece que tienen que ver con la propia dinámica de la gestión. Si se cambiaban las metas antes de que se votara el Presupuesto, tenía que volver a Diputados y demorar el proceso. Creo que hay que mirar otras cuestiones, porque quizás lo que pueda generar un poco de ruido es que estén un poco subestimado los ingresos tributarios para este año; y que en todo caso, si el Gobierno mantiene la disciplina fiscal  que fue mostrando en el último año, podrá mostrar al fin de período un leve sobrecumplimiento de la meta de déficit, como el ministro dijo que se logró en 2017. Y miraría como otro elemento interesante el momento, porque el Gobierno coordinó las metas fiscal y de inflación al otro día que lograra que el Congreso le votara todo el cronograma de reformas, quedando para febrero o marzo la correspondiente a la laboral, para fijar el sendero para los próximos dos años.

– La primera reacción del mercado fue que frente a la baja de tasas de las Lebac en el mercado secundario subió la cotización del dólar a más de $19, pero luego bajó a un nivel intermedio desde donde venía, ¿Qué lectura hizo de esos movimientos?

– Como siempre, los mercados sobrerreaccionan.

– ¿Cuál es su expectativa sobre el sendero del tipo de cambio, va a acompañar al real ritmo inflacionario, o lo va a superar para recuperar parte del atraso del último año?
– Creo que con el cambio de metas la idea de un tipo de cambio por debajo de la inflación en alguna manera se diluye, y por tanto lo veo corriendo al ritmo de la inflación. Insisto, estimo que se quitó esa presión excesiva, aunque el mercado seguirá sobreofertado de dólares, y por tanto continuará una tensión más hacia la apreciación del peso que a la devaluación. Lo que hubo fue un reacomodamiento de la cotización porque en todo 2017 estuvo por debajo de la suba del índice general de precios al consumidor.

– Un indicador que está haciendo mucho ruido entre los economistas, políticos de la oposición, y también empresarios, es el creciente deterioro de las cuentas externas, con abultado rojo comercial y de cuenta corriente de la balanza de pagos con el exterior. ¿Lo ve como un fenómeno transitorio, que forma parte del comienzo de la normalización macroeconómica en 2016, y por tanto la base de comparación no es homogénea, o se trata un cuadro que persistirá por varios años?
– Así como veíamos las tensiones de corto plazo sobre el tipo de cambio y la tasa de interés, también hay otras dos tensiones que desató este proceso inédito en la economía argentina de estabilización macroeconómica y reformas estructurales, de la mano y simultáneamente, en dos frentes: el nivel de endeudamiento del sector público y las cuentas externas. Si se hace un balance, a principios de año la mayor preocupación estaba en lo fiscal, y el Gobierno está, de alguna manera, dando señales de una política procíclica y más ordenada, y ahora tenemos la preocupación del déficit de la cuenta corriente que se elevó a un 5% del PBI, que seguramente se va a mantener en los próximos años, hasta el 2023 o 2024. Ahí me parece que hay que mirar dos cuestiones: 1) el monto, el tamaño del rojo externo, está en 5% del PBI y lo ideal es que no supere ese umbral; 2) la calidad de ese déficit, me gustaría que estuviera más apalancado en inversiones extranjeras e importaciones de bienes de capital, que en bienes de consumo; con inversiones de largo plazo, de modo que cualquier problema externo no torne tan frágil el frente externo.

– ¿Hoy cómo ve la calidad del déficit externo?
– Hoy es mala, porque está más calzado en inversiones de corto plazo.

– Naturalmente, es mala por el arrastre de casi un lustro de aislamiento de los mercados internacionales, desde el cepo cambiario de fines de octubre de 2011 hasta el acuerdo final con los holdouts en abril de 2016…
– Claramente, no es por defectos de la política económica actual. Recuerdo que en general cuando la Argentina tenía una crisis limpiaba la cuenta corriente, caía el PBI, aumentaban las exportaciones, se desmoronaban las importaciones, devaluaba, mejoraban las cuentas externas, y empezaba la recuperación. Ahora como se evitó la crisis de alguna manera quedó el saldo de una cuenta corriente de balanza de pagos fuertemente negativa, y cuando se empezó a crecer comenzó a empeorar por la relación de 3 a 1 entre las tasas de aumento de las importaciones y la del PBI. Pero creo que si el Gobierno mantiene la disciplina fiscal la Argentina podrá recibir en 2020 el grado de inversión por parte de las grandes calificadoras de riesgo soberano, y eso ayudará a un cambio en el perfil de la deuda externa muy importante.

– Concretamente, ¿qué mira para explicar el déficit de la cuenta corriente, para prever más tensiones o alivios futuros?
– Siempre observo cómo se comportan las importaciones de bienes de inversión y para uso intermedio en el proceso de producción. Corea del Sur registró 20 años con alto déficit de cuenta corriente, pero estuvo originado en fuertes inversiones en bienes de capital que luego le permitieron aumentar su capacidad de repago, y transformarla en positiva porque se transformó en una economía exportadora neta. En la Argentina hoy hay mucha inversión en máquinas y equipo por atraso, quizás todavía está muy concentrada en bienes no transables, pero que están mejorando la competitividad, como las obras de infraestructura energética, vial, puertos; porque habíamos quedado muy rezagados. Pero ya a partir de este año y más aún el siguiente todo lo que tiene que ver con inversión en bienes de capital y tecnología va comenzar a crecer significativamente. De todas maneras es claro que esto no se soluciona en un par de años, sino que vamos a tener que convivir muchos años con déficit de la cuenta corriente, pero habrá que tratar que mejore notablemente su calidad.

Antes de pasar a la siguiente pregunta Dante Sica muestra la siguiente presentación para clientes sobre cómo venía la economía y hacia donde va con las nuevas metas de inflación y las reformas estructurales que fueron aprobadas por el congreso en la última semana de 2017:

– ¿Qué rol tiene Brasil en el aumento del déficit externo, porque si bien su consultora informó en la semana que pasó que 2017 cerró con el primer aumento de las exportaciones argentinas a ese destino, en un 4%, en diciembre se produjo una caída de más del 18%, en contraste con importaciones de ese origen que se elevaron un 28 por ciento?
– Creo que, como siempre hay que mirar tanto la foto, como la película de largo plazo. Si el fotograma de diciembre fuese un anticipo de lo que será todo el año diría que estamos frente a un problema serio. Pero, creo que estamos en una etapa de transición donde intervienen tanto factores micro como macroeconómicos. Primero, venimos de una crisis en Brasil que se inició antes y una recesión en la Argentina que se inició después, pero nosotros salimos antes; y nuestro principal socio en el Mercosur recién comenzó a mejorar en el segundo semestre de 2017. Por tanto, recién este año, si las estimaciones no nos fallan, vamos a ver a los dos países creciendo de manera similar. Esa descoordinación en 2017 determinó que la Argentina le comprara mucho y le vendiera poco. En segundo lugar, observo que en perspectiva Brasil ha hecho reformas fuertes, ya salió de la crisis, mejoró la productividad, pero aún está con incertidumbre política que se espera se resuelva con las elecciones de octubre.

– También observó cuestiones microeconómicas, ¿cuáles?
– Si, en tercer término hay que observar que en el corto plazo, en especial para explicar el desbalance de divisas del último año, dado que representó casi el 50% del rojo total del intercambio comercial, en particular en autos, la Argentina dejó de producir en 2016 seis modelos de autos que significaban el 20% de la fabricación; eran autos chicos que estaban en final de ciclo y que se destinaban todos al mercado local, no se exportaban, y fueron reemplazados por autos medianos que son todos de exportación, para Brasil y para toda América latina. ¿Qué pasó? que en 2017 el mercado interno voló, se patentaron más 900 mil automotores; autos chicos que se producían aquí se trajeron del país vecino; y por otro lado la oferta local de medianos no se pudo despachar porque no se reactivó la demanda del mayor socio comercial. Seguramente en los próximos años se comenzará a estabilizar, aunque difícilmente recupera el superávit comercial. Además, hay cuestiones estructurales. La Argentina había sido superavitaria en energía y en alimentos, con eso compensaba el déficit de divisas del sector industrial. Ahora, somos deficitarios en energía, menos superavitarios en alimentos y más deficitarios en manufacturas

– ¿Qué sectores ve con más potencialidad de crecimiento de las exportaciones?

– Uno es el complejo de los servicios basados en el conocimiento, que fue el tercero en importancia en 2017 y donde Brasil es un importante demandante, pero ahí habrá que trabajar mucho porque a nosotros nos compra poco en ese rubro. Y también en América latina, porque tenemos un sector con alta competitividad, aunque desafiada porque exportamos a países que tienen acuerdos comerciales con Asia, y de alguna manera impone una barrera. Por eso, cuánto más se trabaje en las reformas que contribuyan a elevar la competitividad y la productividad se podrá incrementar las exportaciones no sólo de alimentos, sino también en algunas cadenas productivas como van a ser las químicas y petroquímica con la expansión y puesta en valor del reservorio de Vaca Muerta.

– A comienzos de 2017 había hecho una presentación en la que describía luces y sombras en el horizonte económico. ¿Qué luces observa ahora?
– Primero, hay dos tendencias que veo que es, por un lado el proceso de desinflación, más lento de lo que esperaba antes el Gobierno y ahora lo adecuó y continúa, aunque con riesgos y dificultades porque venimos de una economía inflacionaria y estamos frente a un primer trimestre caliente porque tienen que disponerse aumentos de tarifas que se sumarán a los del transporte de pasajeros, donde se suben a un rango de $8 a $11, pero el costo para el área de la Ciudad y del Gran Buenos Aires está entre 16 y 17 pesos, lo que da una idea de la magnitud del sendero que quedará por recorrer. Y el otro tema importante es la recuperación de la actividad, con una expansión generalizada, pero aún es muy heterogénea, con sectores que se recuperan muy rápido, como los productores de insumos básicos para la construcción, o la pesca, aunque en este caso tiene poco derrame; y otros más moderados que requieren de un proceso de reconversión como es el textil y del calzado. Y la luz más importante es que estamos frente a un proceso liderado por la inversión, y no tanto por el consumo, por eso es lento.

– Por eso prácticamente la gente no lo percibe, aunque se pueda argumentar que se manifestó en las urnas…
– No quiero ser naif y decir que 2018 se perfila como un año de inflexión. Pero claramente, si que si continúa el programa de estabilización, aunque un poco más lento, y avanza el programa de reformas estructurales, podemos entrar en el sendero de crecimiento sostenido por lo menos por los próximos años, no con la idea de ciclo con crecimiento muy rápido pero muy vulnerable que, de alguna manera le acortaba al sector empresarial el horizonte de crecimiento y le hacía invertir en proyectos de corto plazo que aseguraran rápidos retornos, a la espera de la próxima crisis que ajustara los desequilibrios no corregidos.

– ¿Y las sombras, o riesgos, para el corriente año?
– Hoy veo más riesgos en las cuentas externas de la balanza de pagos que en el tema fiscal, donde veo al Gobierno con una clara convicción en la rebaja del déficit presupuestario y eliminar las distorsiones impositivas para mejorar la competitividad, por lo que mi preocupación estaba en el nivel del tipo de cambio que no se sí se seguirá apreciando, por un lado, y por otro lado, creo que hay tener una mirada sobre la calidad del déficit del sector externo. De todas formas, si las reformas avanzan esos riesgos, de alguna manera, tenderán a atenuarse.

– ¿Y cuándo llega a la gente, porque si bien Trabajo informó que el empleo privado ahora crece a un ritmo de 250  mil personas por año, hay muchos que hablan de persistencia de despidos y dificultades para obtener un puesto; y que el salario medio que está aumentando a un promedio del 28%, más que la inflación, aún no alcanza como antes?
– Creo que vamos a tener que mirar varias cuestiones, y sobre todo cómo se miden los niveles de pobreza y los sectores de bajos ingresos. Pero tenemos que pasar por un proceso de maduración que nos enseñe que un proceso de crecimiento sustentado en la inversión más que en el consumo será más sostenido. De ahí que lo que va a percibir la gente es que esas mejoras no serán tan rápidas como tenía en el ciclo anterior, pero sí sostenidas en el tiempo. Y que más sobre fines de este año se deberían percibir más las mejoras en la infraestructura, tanto productiva como social. Esta caricatura de la mirada de corto plazo con la heladera llena, que era lo que tenía en la etapa anterior, pero salía de su casa y tenía un mal sistema de transporte, no tenía pavimento en la calle, etc., etc.. Me parece que ahora, en cambio, la sociedad va a empezar a percibir, por lo que son los niveles de inversión una mejora de todo lo que tiene que ver con su hábitat. Y en materia de empleo vamos a ver más en la construcción y en los servicios que en el sector industrial, donde los procesos tienden a ser ahorradores de mano de obra, por el proceso tecnológico que ha dado lugar a lo que se llama la era industrial 4.0. Y como no va a ser un proceso de crecimiento a tasas del 6% o fulgurantes la recuperación y percepción va a ir mejorando en términos de estabilidad por parte de la macroeconomía y un crecimiento lento, casi imperceptible, pero sostenido y acumulativo.