Septiembre terminó con un tsunami de datos negativos de la economía, que casi no generó reacción en el Gobierno, dado que en la Casa Rosada se mostraron exultantes ante la convocatoria del 80% de los intendentes que existen en la Argentina, en la primera reunión de este tipo que realizó un Presidente de la Nación.

De un total de 2.337 intendentes que existen, la Casa Rosada logró que concurrieran a Tecnópolis 1.872. Más allá de los que tuvieron problemas para viajar a Buenos Aires, sólo aquellos identificados con el kirchnerismo más duro expresaron su rechazo al convite y desplegaron excusas menores para intentar explicar su ausencia.

Pero aunque la Casa Rosada celebre, los intendentes quedaron con “sabor a poco”, dado que hubiese sido esperable una presencia masiva de los ministros y sus gabinetes, presentaciones de planes oficiales y las explicaciones de muchos de los anuncios hechos en 10 meses de mandato, antes que escuchar especialistas o alcaldes de Chile, España o Brasil.

Ante 1.872 intendentes, Mauricio Macri apenas si pudo hacer un discurso menor de 15 minutos y sacarse una selfie. Sin duda, una inmensa movilización, de gasto importante y un gesto político destacable totalmente desperdiciado y, muy en el fondo, vació de contenido. Es decir, una nueva oportunidad perdida, dado que sólo se diferenciaron del kirchnerismo y ni intentaron construir hacia el futuro.

Pero otra oportunidad perdida fue el anuncio de los primeros datos oficiales de pobreza e indigencia luego de casi 10 años. Mauricio Macri habló pocos minutos para no decir nada y la ministra de Desarrollo Social, Carolina Stanley, no fue capaz de reseñar las acciones que lleva adelante su cartera para contener los millones de pobres e indigentes que existen.

El Gobierno sabía que iba a ser una semana con muy malos indicadores sociales y económicos, pero no llegó a articular ningún discurso, ni medidas para demostrar que están trabajando para revertir la situación; cuando en realidad lo están haciendo. No era cuestión de mentir, sino de recordar la catarata de anuncios que pasan inadvertidos para los medios y para la opinión pública por la incapacidad comunicacional del oficialismo.

Y esos errores que se cometen terminan por hacer caer las culpas de la recesión y de la crisis social sobre el Gobierno de Mauricio Macri y lo muestra paralizado, esperando que se solucionen por un milagro o por la acción de una mejoría que no parecen motorizar ni incentivar. Un quietismo que, en política, se paga carísimo.

El kirchnerismo, que en 12 años y medio nunca se hizo cargo de ningún problema, ahora tampoco se hace cargo de la herencia que dejaron y quieren hacer recaer todo el efecto de la crisis sobre los hombros del macrismo; y como el macrismo no tiene capacidad de respuesta, al final, asume costos y responsabilidad que no son propias.

Que quede claro: Mauricio Macri y sus ministros tienen una parte importantes de la responsabilidad de la recesión y del aumento de pobres e indigentes, pero es menor respecto a lo que dejo el kirchnerismo. En todo caso, la mayor imputación que se le puede hacer al PRO es que se lo votó para evitar justamente esto: que la situación se agrave.

A pocos días de cumplir 10 meses en el poder, a menos de 11 meses de la elección legislativa y a 38 de terminar su, quizás, primer y único mandato en la Casa Rosada; Mauricio Macri y sus funcionarios siguen esperando que aparezcan “brotes verdes”, que la recesión finalice y que el rebote se convierta en crecimiento. Pero no esbozan un discurso, un “relato”, una argumentación para generar esperanzas a una población que ya se cansó de 5 años de estanflación, 4 de ellos negada por el kirchnerismo y uno creado por la lentitud de hacer funcionar el “Modelo Macri”.

Hay consenso entre los economistas ortodoxos: la Argentina va a volver a crecer el año que viene, la inflación va a bajar, junto con las tasas de interés; se van a crear fuentes de trabajo y el crédito del exterior va a seguir llegando a la Argentina. Sin embargo, cuánta serán la contracción de la pobreza, de la indigencia, el desempleo y el empleo es un enigma.

En Casa Rosada argumentan que quieren reducir la pobreza 10 puntos porcentuales en un año, es decir, que 1 de cada 3 pobres que existen hoy dejen de serlo. Sin duda, para los cálculos electorales, sacar de la pobreza a casi 4 millones de personas sería casi un milagro, pero un Gobierno no puede apuntalarse en milagros para conducir su gestión, dado que se pueden equivocar, como hicieron cuando subieron al poder.

Era evidente que el nuevo Presidente de la Nación, luego de la salida de Cristina Fernández de la Casa Rosada, iba a contar con un inmenso apoyo internacional. Sin embargo, las urnas declararon un Presidente de la Nación con menos de 2 puntos de diferencia de su contrincante, lo que limitó su percepción de fortaleza política. Por eso, la “lluvia de inversiones” se terminó por convertir en “lluvia de créditos”, una forma menos vulnerable y volátil de apostar por la Argentina.

Ahora, para convertir inversiones financieras en productivas, los inversores extranjeros reclaman fortaleza política y continuidad a Mauricio Macri. Y poco hace la Casa Rosado por contribuir con este objetivo cuando calla ante un Gobierno de Cristina Fernández que ocultó 7 millones de pobres e indigentes o cuando reúne 1.872 intendentes y no se les dice nada.

Mientras que Jaime Durán Barba le dice a Mauricio Macri que tiene 60% de imagen positiva, las consultoras privadas que trabajan para la Casa Rosada dicen que la aprobación de la gestión no pasa de 45%, que la desaprobación llega a 42% y que en 4 meses ya lleva 7 puntos porcentuales de merma en la aprobación de gestión.

La imagen negativa de Mauricio Macri crece mes a mes en el Gran Buenos Aires. Ni la potente imagen positiva de la Gobernadora de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, puede evitar esta caída presidencial. Es más. En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, territorio macrista si lo hay, la imagen presidencial ha caído y de cada 100 votantes de “Cambiemos!” del año pasado, 29 no volverían a elegir a esa fuerza el año que viene.

Hoy, María Eugenia Vidal, Horacio Rodríguez Larreta y Juan Carlos Schiaretti tienen arriba de 50% de aprobación de gestión, es decir, más que Mauricio Macri. ¿Cuál es la diferencia? La Ciudad Autónoma de Buenos Aires y las provincias de Córdoba y Buenos Aires tienen mejor comunicación, administran más pauta pública y muestran mejor las acciones de gobierno de sus respectivos mandatarios.

“Cambiemos” es un fenómeno netamente urbano y el INdEC dejó en claro que en los 31 aglomerados urbanos más importantes de la Argentina viven 8.772.000 pobres en 2.022.000 hogares; mientras que hay 1.705.000 indigentes, que moran en 425.00 hogares. Para mejorar la situación de este grupo, el Gobierno ha firmado 320 convenios con intendentes de los 100 barrios con peores condiciones del país, donde se esperan canalizar obras por $15.000 millones. Eso es pensar en clave electoral.

Pero estos son datos que hay que conseguirlos haciendo “minería de datos” y con la esperanza que todo no quede en papeles, como muchos de los anuncios que ha realizado el Gobierno, dado que luego de 10 meses en el poder queda en claro que el PRO es muy bueno para planificar, malo para comunicar y peor para ejecutar.

En el Gobierno, como dice el refrán, “del dicho al hecho, hay un largo trecho”. Por eso, luego de anunciar decenas de planes de obras públicas, comienzan a crecer los reclamos para que se refunde un Ministerio de Obras Públicas que concentre lo que hoy intentan llevar adelante los ministros de Interior, Obra Pública y Vivienda, Rogelio Frigerio; y de Transporte, Guillermo Dietrich; además de AYSA.

Así como Carolina Stanley demostró ser muy eficiente en el manejo de los colectivos sociales que respondían casi ciegamente a Alicia Kirchner hasta hace pocos meses; así como Juan José Aranguren acaba de dar muestra de una exitosa licitación por inversiones de energía renovable, así como Susana Malcorra ha logrado reinsertar a la Argentina en el mundo o así como el Secretario de Finanzas, Luis Caputo, logró cerrar el tema holdout y bajar el costo de endeudamiento argentino semana a semana; hay áreas del Gobierno que no logran tomar velocidad.

El “Gobierno de los CEOs” comete muchos de los pecados de los malos CEOs: reuniones eternas, comisiones, subcomisiones y más comisiones; abuso del papelerío, desconocimientos de los usos y costumbres de los empleados con los cuales trabajan, escaso poder de negociación y poca adaptación a los tiempos de una Administración Pública ineficaz, cargada de mañas y prebendas, que ve en los funcionarios macristas con desprecio, cuando no boicotean la gestión en forma activa.

Pero los tiempos políticos se acortan y Mauricio Macri no se puede dar el lujo de que la inversión pública, clave para sacar a la Argentina de 5 años de estanflación, siga sin llegar a la calle. Hoy, la demanda de cambios de algunos ministros o de algunos funcionarios intermedios se hace muy necesaria si se quiere ganar las elecciones el año que viene.

Es muy valiente Mauricio Macri al desnudar las desigualdades de la Argentina, de revelar la desastrosa gestión que tuvo el kirchnerismo en el poder y en asumir todos los costos políticos de esos datos. Pero, en parte, señalar la “herencia” permite ocultar inmensos errores propios. Sin embargo, esas 14 millones de personas que viven en la pobreza o la indigencia esperan soluciones. No les interesa o no reconocen quién los llevó a esa situación. Sin duda van a votar a quién los saque de ella. Por eso, pasar del diagnóstico a la acción es lo que se necesita urgentemente el PRO.