Todo era previsible, pero no por eso deja de causar sorpresa, asco, repulsión. Con más de 2.150 denuncias de corrupción realizadas durante los 12 años de kirchnerismo y las revelaciones de la situación desastrosa que Cristina Fernández y sus funcionarios usaron y dejaron al Estado, era de esperar el derrumbe del Frente para la Victoria como estructura política y del kirchnerismo como fuerza política aglutinante; por vía judicial. Sin embargo, desde que fue atrapado José López con bolsos con 160 fajos de billetes tirándolos a un monasterio, todo se precipita a velocidad asombrosa.

Desde Diciembre se ha dictado prisión o procesamiento a 16 ex altos funcionarios kirchneristas y la lista llega a un total de 30, todos de primera línea, más una docena de “personajes” cercanos a la estructura de poder del Frente para la Victoria, dinamitando su pseudo-reputación y poder político. Y eso que la Justicia Federal avanza al paso de una tortuga vieja y enferma y muchos expedientes y causas están totalmente paralizados.

Sólo la debilidad intrínseca que inoculó al Gobierno de Mauricio Macri la escasa diferencia obtenida en el balotaje y el accionar erróneo inicial del macrismo en muchas áreas hizo dudar de que la Justicia, tarde o temprano, iba a hacer estallar la estructura, el “relato” y el prestigio que aún conservaba el Frente para la Victoria en un tercio del electorado. Pero todo llega y las características de cómo fue atrapado José López pusieron el semáforo en “verde” para que los engranajes judiciales se activaran.

Era natural que el peronismo y el massismo esperaran este momento para lanzarse a reacomodar las relaciones de poder dentro del panperonismo. Ya no es el kirchnerismo (y el temor a que volvieran al poder en corto plazo) lo que ordena al colectivo peronista. Ahora, quién estuvo más lejos del Frente para la Victoria trata de imponer su primacía sobre los que quedaron más “pagados” a Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Tratan de mostrarla como una pelea entre “buenos” y “menos malos”, pero, en el fondo, no es más que una disputa entre cómplices de la “Década Ganada”.

Pero el reordenamiento del peronismo no será rápido, ni sencillo. El kirchnerismo participará con lista propia en las elecciones legislativas del año que viene. El peronismo enfrenta el desafío en ir en uno y no en dos listas. Pero pensar en un colectivo panperonista unido va en contra del proceso de discusión de liderazgo que históricamente tuvo el peronismo, donde la fuerzas ordenadora, en el fondo, es quién tiene más votos y eso sólo terminará de verificarse cuando se cuenten los sufragios en las próximas elecciones legislativas.
Para el macrismo la tarea tiene cuatro desafíos: (1) Mostrar éxitos en la gestión, (2) Institucionalizar y potenciar “Cambiemos”, (3) Despegarse de la lentitud que tiene la Justicia para punir a los funcionarios kirchneristas y (4) Circunscribir la corriente de “transparencia”, “justicia” y “persecución a la corrupción” al universo de funcionarios y políticos kirchneristas.

Está claro que el “segundo semestre” comenzará el año que viene, que la inflación del 25% será de 40%, piso; que falta bajar más la inflación y reducir mucho más el déficit fiscal; para que “lluevan” inversiones y que consumo sea la variable de crecimiento, no la inversión privada o del Estado. Esa, es otra agenda titánica, como la que tuvo que enfrentar el Gabinete Económico cuando asumió el 10 de Diciembre. Por eso, así como tuvieron éxito con la primera, hay confianza de que cumpla la segunda.

Institucionalizar “Cambiemos” no será fácil. Hace 2 semanas que Elisa Carrió ha controlado sus declaraciones (aunque ahora apunta hacia Sergio Massa). El motivo es obvio: Desde el escandaloso arresto de José López, la Justicia ha avanzado en las denuncias más calientes y el avance en la lucha contra la corrupción, que era la prioridad de la agenda de la legisladora, está cumpliéndose, como le reclamaba por lo bajo a Mauricio Macri.

Como bien señaló este sábado en el bisemanario “Perfil” el “Maestro del Periodismo” Roberto García, la lucha contra la corrupción es típica de los inicios de los gobiernos desde 1983. Los radicales avanzaron contra la corrupción de los militares, el menemismo sobre algunos casos claves del alfonsinismo, que no llegaron a nada; el menemismo fue demolido a causas de corrupción y el kirchnerismo arrinconó banqueros, empresarios y peronistas rebeldes con algunos casos resonantes en su largo gobierno.

En realidad, luego de la violencia política que dominó a la Argentina desde inicio de la Década del ´70 a 1982, todo gobierno intenta procesos personalistas y todopoderosos, que deben ser “demolidos” a fuerza de votos y persecución judicial. Como no existe dialogo político en la Argentina, no se puede negociar una transición, sino que se debe intentar debilitar (o anular al enemigo) sepultándolo en causa penales.

Y cómo a mayor poder político de un proceso y más amplio uso y abuso del Estado, más son las causas de corrupción que sirven para debilitar y derribar al proceso político anterior. En ese marco, la Justicia Federal asume un rol protagónico inmenso, como en este particular período. Eso, en el fondo, es lo que ocurre hoy entre kirchnerismo y macrismo.
Pero la lucha contra la corrupción kirchnerista puede generar un grave problema para el gobierno de Mauricio Macri, como fue el “Lava Jato” tanto para el Partido de los Trabajadores, como para su verdugo, Michel Temer y sus seguidores; dado que las denuncias de casos de depredación de las arcas públicas durante la “Década Ganada” va a terminar por alcanzar a empresarios de primer orden, algunos “amigos” del PRO y a intendentes, gobernadores o legisladores radicales, peronistas o massistas.

La pregunta “¿Hasta dónde?” comienza a circular en ciertos grupos de poder, que fueron cómplices de la corrupción kirchnerista, como antes fueron de la corrupción duhaldista, o de la corrupción menemista o de la corrupción sciolistas y, si tienen la oportunidad, lo serán de la corrupción macrista, que lamentablemente habrá.

Brasil, económica e institucionalmente hablando, está siendo minado por el “Lava Jato”. ¿Aguanta la Argentina un “Lava Jato” donde caigan presos grandes empresarios y políticos de pesos, de esos que son llamados “Dueños de la Argentina”, en vez de “valijeros”, abogados más o menos truchos, traficantes de efedrina y recién llegados al “Club de la Obra Pública”? ¿Se animará Maurico Macri a soltarle la mano a algún familiar o amigo que caiga en una causa por corrupción? Faltan respuestas.

Desde el agonizante kirchnerismo se intenta generar una competencia de discursos para igualar la corrupción propia con los Panamá Papers que impactaron en el PRO y, en pocos días más, usarán la lista de argentinos que fugaron divisas de la Argentina que dará a conocer el ex JP Morgan Hernán Arbizu al FBI, como parte de su acuerdo con la Justicia de los Estados Unidos para poder ser extraditado a ese país.

El kirchnerismo propone dos ejes de batalla discursiva:

1) El macrismo es tan corrupto como el kirchnerismo. Y como el macrismo no es perseguido, el kirchnerismo no debería ser perseguido.

2) Se usan las causas de corrupción para “tapar” los efectos del ajuste, comparando 2% de caída del PBI con los 51 muertos de la Tragedia de Once, la inflación del 40% con los 8.000 millones de pesos de Impuestos a los Combustibles que no pagó Cristóbal López, los supuestos 250.000 despidos con la “Causa Hotesur”, el aumento de 1,7 millones de pobres e indigentes con el escándalo de José López o el aumento de 23.000 millones de dólares de endeudamiento con el tráfico de efedrina.
Más allá que los ejes que intentan imponer los kirchneristas para discutir con el macrismo, su posición implica que el kirchnerismo asume como natural y propio los casos de corrupción. Así, los beneficiados por la caja del Estado durante los últimos 12 años rechazan cualquier autocrítica, cualquier intento de mancillar a sus líderes o cualquier otra opción que no sea transitar la ruta de la necedad y la falacia para la discusión política.

En el fondo, el kirchnerismo opta por una práctica del “código tumbero”: Hacerse las víctimas, cuando en realidad, son victimarios. Así, Cristina Fernández denuncia una persecución “despiadada” a su familia, aunque nunca explicó los contratos millonarios de Aerolíneas Argentinas y contratistas del Estado con “HoteSur”; Agustín Rossi, el ex ministro de Defensa que le robaron miles de balas, armas y hasta un misil, dice que el macrismo “espía” a los kirchneristas, cuando en los 12 años de Gobierno del Frente para la Victoria se creó un servicio de contrainteligencia electrónica, la Policía de Seguridad Aeroportuaria; se le inyectó dinero y equipos, que hoy no aparecen, al S2 del Ejército; y la AFI (ex SIDE) duplicó su capacidad de intervenir llamadas y mailes en pocos años.

El kirchnerismo, que creó un “relato” de su gestión; ahora trata de construir otro “relato” de su decadencia. Así como los guerrilleros que se levantaron contra un gobierno constitucional se terminaron transformando en “jóvenes soñadores” que cometieron un error de evaluación; ahora se trata de mutar el mayor acto de saqueo de la historia argentina en un operativo de persecución y encarcelamiento, obviamente injusto, porque mientras gobernaron “ampliaron los derechos de los ciudadanos” y “avanzaron contra los poderosos”, como argumenta Gabriel Mariotto.

Para el kirchnerismo de paladar negro, la detención de José López, con su exhibición impúdica de fajos de euros, dólares y pesos; es un “episodio”, no un “caso” judicial; les produce “perplejidad”, como si no hubiesen leído los diarios por 12 años; aseguran que genera un “efecto desaliento” en la militancia, cuando en las bases hay verdadero asco y levantan el dedo acusador hacia un Poder Judicial, donde el kirchnerismo colocó a casi 2 de cada 3 fiscales y jueces; o a los medios de comunicación que intentaron destrozar sistemáticamente durante 7 largos años.

Si bien el mandato del voto macrista tuvo un alto componente de lucha contra la corrupción kirchnerista, el eje principal del sufragio a “Cambiemos” fue económico, en realidad, “normalizar” las variables macro y micro económicas. El Ministro de Hacienda y Finanzas, Alfonso Prat Gay, acaba de reconocer que 75% del “trabajo sucio” ya fue hecho, quizás, exagerando un poco, pero no deja de confirmar que queda un poco más de “trabajo sucio” por hacer el año que viene, justo cuando se debe realizar un votación que es clave para el futuro del macrismo en el poder.

En ese marco, el Brexit introdujo un “cisne negro” en la economía mundial y en la agenda económica del Gobierno de Mauricio Macri. Varios economistas cercanos al massismo ya han anticipado catástrofes diversas; la rama liberal que critica al macrismo levanta banderas de ruptura con el Mercosur y advertencias sobre un auge proteccionista que se desataría a escala mundial; los heterodoxos vuelven a soñar con el fin del capitalismo y la globalización y los desarrollistas temen por el ingreso de inversiones.

Más allá de los efectos del Brexit, que iremos conociendo con cierta gradualidad mientras se negocia el proceso de salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, si al final se produce; se convierte en un nuevo desafío para el Gobierno de Mauricio Macri. El impacto en la Argentina del resultado del referéndum británico, por ahora, es sólo especulación, donde más que los argumentos económicos pesan las necesidades políticas, actitudes inmaduras, dado que nadie tiene muy en claro si el comportamiento defensivo de los inversores se mantendrá en el tiempo o si pocas semanas vuelve todo a la “normalidad”.

Pero entre especulaciones, una cosa es real: cuando el PRO asumió en Diciembre pensó que la salida de la recesión vendría por la inversión extranjera; ahora apuestan al consumo. La agenda que se fijaron hace seis meses, cambió y se pudo cumplir en parte. Ahora, la agenda que se había fijado para el segundo semestre, se volvió a modificar, con resultado incierto. En el fondo, eso es gobernar: planificar a futuro y ajustarse a la realidad. Y si el macrismo quiere quedarse 8 años en la Casa Rosada, tendrá que adaptarse a los desafíos que hay en el mundo judicial, en el mundo político y los que vienen del mundo económico.

Durante 8 años en el Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Mauricio Macri y el PRO aplicaron el mecanismo “ensayo – error –verificación – rectificación – ratificación”, una y otra vez. Una vez que llegaron a la Casa Rosada, repiten el mismo esquema. Ya es un habitus en el ejercicio del poder. Pero el costo político, social y de imagen positiva es muy alto. Por eso, ante un nuevo “cisne negro”, quizás, sólo quizás, el macrismo debería comenzar a modificar esta forma de gobernar. En el fondo, a gobernar, también se aprende.