Entre chicanas opositoras y excusas oficialistas, comenzó el tan mentado “segundo semestre”, donde se juega gran parte de las chances electorales de ambos bandos, dado que si aparecen o no, con más o menos fuerza, los famosos “brotes verdes”, las preferencias o rechazos profundizarán muchas de las tendencias políticas que hoy se observan.

La oposición no puede negar su desarticulación y desconcierto. El peronismo no pudo llevar a cabo esta semana su encuentro para analizar qué hacer con el kirchnerismo y José Luis Gioja se vio forzado a anunciar la creación de una comisión para analizar los parámetros que se usarán para separar o aceptar kirchneristas en sus filas, luego de 12 años de sometimiento voluntario y conveniente de los Gobernadores del PJ.

Juan Domingo Perón afirmó hace más de 50 años que cuando una persona no quería que algo se resolviera tenía que crear una comisión, justo lo que ahora intenta esbozar el peronismo para establecer las bases de su reestructuración política. Sin embargo, más allá de las hipocresías discursivas, los Gobernadores peronistas van a esperar a ver hasta dónde se derrumba, degrada y atomiza el kirchnerismo para decidir su futuro.

En gran parte, lo que ocurra en la Provincia de Buenos Aires condiciona el futuro del rearmado peronista, dado que la decisión del Movimiento Evita de explorar un trabajo conjunto con el massismo, el peso que aún tiene Daniel Scioli como figura distrital y el control que Fernando Espinoza aún posee de La Matanza, junto de la fidelidad de ambos con el kirchnerismo; hunde de desconcierto a al resto del aparato pejotista.

En este marco hay que leer la mudanza de Cristina Fernández a Punta Lara. Más allá de que la ex Presidente de la Nación tuvo que volver a Buenos Aires para cumplir con la demanda de “conducción” que hay en la cúpula del Frente para la Victoria, estar a pocos kilómetros de La Plata, pero dentro de un municipio ultrakirchnerista como es Ensenada, que le permite operar sobre Diputados, Senadores e Intendentes bonaerenses y evitar que salten al massismo, al macrismo o fuera del entorno kirchnerista.

Así como la suerte de las elecciones se juega en Buenos Aires, el futuro del peronismo se diseña en tierras bonaerenses. El grado de atomización que tenga el peronismo y el aislamiento que alcance el kirchnerismo demostrará cuales son las posibilidades electorales para 2019 o, visto de otra forma, cuán fuertes son las opciones reelecionistas del PRO o las de concreción del proyecto presidencial de Sergio Massa.

El regreso de Cristina Fernández confirma también que el grado de acoso judicial a que se ve sometida la ex Mandataria ha encendido la alarma en su entorno. Nunca creyeron que se iba a ir tan rápido en su contra. Según el Cippec, las causas por corrupción en la Argentina suelen durar 14 años y en menos de 5% de los casos hay condenas, pero el grado de intensidad de ciertas investigaciones hace temer prontas detenciones de altos ex funcionarios de la “Década Ganada”.

El Calafate ya no le sirve a Cristina Fernández como estrategia de defensa. Debe estar en Buenos Aires para controlar el “desbande” kirchnerista dado que, a mayor debilidad del Frente para la Victoria, más allá de lo electoral; implica pérdida de poder de presión sobre fiscales y jueces, por lo cual, la cercanía potencia su fuerza para imponer su voluntad o, por lo menos, frenar muchas decisiones judiciales ya tomadas.

Cristina Fernández, en sus ínfulas personales, creía que en El Calafate se convertía en ese Juan Domingo Perón que ordenaba desde Puerta de Hierro. Pero El Calafate no es Madrid, Ella no es Perón y la derrota electoral del kirchnerismo no fue un Golpe de Estado, como le gusta imaginar a los kirchneristas ciegos ante la realidad.

Hay que ponerse en la posición de desconcierto del kirchnerismo para entender que pueden hacer cualquier locura. Milagro Sala amenaza con suicidarse, Aníbal Fernández insulta a María Eugenia Vidal, Oscar Parrilli dice que van a fusilar a Cristina Fernández, Diana Conti, a los gritos en plena sesión en la Cámara de Diputados; son sólo muestras de esa sensación de pérdida de poder, de pérdida de impunidad, de acorralamiento que sienten al ser encerrados entre la Justicia y el abandono del peronismo.

Además, El Calafate no sirve para hacer una defensa ideológica o un proceso de victimización como construye el relato actual del kirchnerismo. Cristina Fernández en Buenos Aires tiene más capacidad daño, aunque cada vez menor, si transita los medios, si une a su tropa, si amenaza con asilarse en una embajada o lanza una denuncia de persecución internacional.

Cristina Fernández cree que contrasta con Mauricio Macri, con el macrismo, con el PRO; pero en realidad, contrasta contra una Justicia Federal que parece un poco más dispuesta a avanzar en ciertas causas, con un Ibar Pérez Corradi que promete contar todo lo que sabe, contra un Lázaro Báez que está cada vez más cerca de hablar para defender a sus hijos y contra un Congreso que, en menos de tres semanas, espera votar un proyecto de Ley que establece la figura del “arrepentido” y la eliminación del dominio de propiedades compradas con dinero de la corrupción.

Cristina Fernández no temía abrir muchos frentes de batalla mientras era Presidente de la Nación. Pero una cosa es pelear con ciertos enemigos desde el Sillón de Rivadavia en la Casa Rosada y otra desde El Calafate, desde Recoleta, desde Constitución o desde Punta Lara; pero sobre todo, desde el llano. Por eso el regreso: lo que creí que nunca iba a pasar, ahora está pasando y tiene que tratar de frenarlo o, en todo caso, usarlo para intentar recuperar imagen y algo de capital político.

El Gobierno celebra el regreso de Cristina Fernández. Saben que la polarización los beneficia y los ataques de la ex Mandataria les permiten responder, dado que el macrismo suele ser un poquito más intenso cuando contraataca que cuando debe tratar de imponer una posición. Pero los beneficia si la ex Presidente de la Nación los aborda desde la política (la respuesta es desde la Justicia) o desde la economía (les permite recordar la “herencia” y todo lo hecho en siete meses en el poder).

Además, en la Casa Rosada creen que a mayor visibilidad de Cristina Fernández, más bajan las chances electorales y crece la atomización interna de peronismo; por lo cual, esperan obtener ganancias, pescando en aguas revueltas; sumando Gobernadores e Intendentes. A Sergio Massa le ha servido. Ya tiene el apoyo de Sergio Urribarri de Entre Ríos (lo que puede ser contraproducente), de 3 intendentes de Mendoza que se pasaron al Frente Renovador y de uno en la Provincia de Buenos Aires.

A María Eugenia Vidal también le sirve Cristina Fernández operando en la provincia que gobierna. La presión que pueda ejercer la ex Mandataria sobre ciertos intendentes o legisladores provinciales puede ser contraproducente para el kirchnerismo y para el peronismo y acercarlos al PRO. En el fondo, con 109 municipios con las cuentas en rojo, la Gobernadora bonaerense tiene más para ganar que para perder en el segundo semestre.

Sin embargo, para el PRO, el mayor condicionante sigue siendo en el terreno económico, donde faltan las alcanzar tres metas ciclópeas que terminarán por definir el escenario político y electoral de los próximos 7 años: bajar la inflación, reactivar la economía y atraer inversiones productivas. Tres rubros donde el Gobierno puede mostrar algunos triunfos, pero que no alcanzan para revertir la caída de imagen que tiene Mauricio Macri en todas las encuestas.

Desde el macrismo se argumenta que se va en la senda de bajar la inflación, que ya hay sectores económicos donde se observa algo de crecimiento y que las inversiones están llegando intensamente. Sin embargo, no alcanza. La recesión se siente muy fuerte en las zonas urbanas y, cuando uno más se acerca al campo, se reduce, pero lejos de ser un alivio.

La agenda económica del Gobierno tiene muchos logros. El jueves, el Banco Central cerró la sangría del dólar futuro, lo que implica que puede dejar devaluar un poco el peso para ganar competitividad a las exportaciones; la tasa está en un sendero claro a la baja, Alfonso Prat Gay se puede dar el lujo de ofrecer comprar los cupones con ajuste de PBI, dando una buena señal al mercado financiero; las tarifas están congeladas hasta el año que viene, lo que permitirá recuperar poder adquisitivo de las familias; el blanqueo fue aprobado sin problemas en el Congreso; el campo tiene un futuro que impresiona; también se aprobó el pago de sentencias judiciales a jubilados, que impulsará el consumo en este grupo y la obra pública comienza a funcionar. Pero, aunque parezca extraño, no alcanza.

Y el tema económico es también político. La manifestación que se vio esta semana en Ituzaingó tuvo todos los condimentos de ser un “ensayo” foquista disfrazado de conflictividad social. Se tomó una denuncia más o menos cierta, un distrito con altos niveles de pobreza, fuerzas de seguridad local desmanteladas, “La Bonaerense” en estado deliberativo, algunos jóvenes de izquierda al frente de las pedradas y las sospechas de financiación de fuentes narcos; sostienen fuentes de inteligencia.

El kirchnerismo acorralado encuentra a peronistas que pueden perder sus distritos en la próxima elección, a una rama de “La Bonaerense” que no quiere perder sus negocios y a grupos narcos que están siendo afectados por la ola de capturas de drogas. Es una combinación nefasta que tiene un enemigo en común: el PRO en el poder. Por eso las amenazas de personajes como Fernando Esteche no deben ser tomarlas a la ligera, hay miembros del colectivo kirchnerista que creen en el foquismo como instrumento para doblegar el poder de María Eugenia Vidal y de Mauricio Macri.

Ituzaingó fue un ensayo menor. Una escaramuza rápidamente frenada. Sin embargo, si no mejoran las condiciones de los grupos más postergados en el Gran Buenos Aires, puede que no sea el último hecho que veamos de este tipo. En el fondo, para eso volvió Cristina Fernández a Buenos Aires: Para aprovechar todas las debilidades que tiene el PRO en el poder y, que como se ha reseñado tantas veces, son demasiadas.