Después de las vacaciones que se tomaron decenas de legisladores, con la excusa de ver las elecciones en Estado Unidos, el Congreso retoma sus actividades y comienza la última gran batalla del Gobierno de este año legislativo para poder imponer los proyectos claves de su agenda política, mientras las oposiciones buscarán desgastar al máximo a Mauricio Macri. Todo en medio de un clima con fuerte tufillo electoral.

El Presupuesto 2017 y la Reforma Electoral se deberán pelear en el Senado, donde las demandas de los Gobernadores peronistas crecen y la necesidad de achicar el Gasto Público siempre es visto como una indicación de ajuste, no una medida racional de gestión.
Por su parte, la Reforma Electoral es cada vez menos “reforma” y cada vez más “electoral”, dado que el panperonismo quiere que sólo se aplique en 7 u 8 distritos. Justo donde el peronismo no tiene chances de ganar, eso implica que donde tienen el poder y el control del aparato provincial, quieren que nada cambie. Van lo seguro: a retener los espacios de poder que aún pueden manejar, apuestan a lo seguro, a la continuidad.
Es interesante, pero el peronismo que niega el robo de boletas, el cambio de urnas, el uso del aparato para hacer “voto cadena”, la quita de documentos a ciertos colectivos sociales para capturar sus votos y otras 10 maniobras más, evita cualquier paso que implique transparentar la votación y dotar de más legitimidad el resultado de las elecciones.

Pero mientras se calienta el Congreso para intentar cerrar todas las votaciones antes del 10 de Diciembre, aunque la Casa Rosada ya amenazó con llamar a “Sesiones Extraordinarias”; va a ser interesante ver como los partidos usan la elección que le dio el triunfo a Donald Trump para “llevar aguas para su molino”, como si fuera un fenómeno sencillo de estudiar.
No deja de ser curioso que una clase política que está muy mal formada en cuestiones políticas y de funcionamiento del sistema democrático, liberal y republicano y del sistema electoral y político estadounidense; y que además, detesta a los Estados Unidos, se llene la boca hablando de la elección de Donald Trump y de sus consecuencias sobre al Argentina y el Gobierno de Mauricio Macri. Por eso, valgan algunas aclaraciones necesarias, en medio de tanta operación mediática:
1) Nadie sabe cómo será Donald Trump como Presidente de los Estados Unidos. Que haya sido un mediático y compuesto un personaje para poder participar de la elección, no implica que necesariamente vaya a actuar de la misma forma sentado en el Salón Oval de la Casa Blanca.
2) El sistema político de los Estados Unidos es presidencialista, no hiperpresidencialista como el argentino. Eso implica que la separación de los poderes funciona, que el valor de las instituciones se respeta y que los agentes políticos se ajustan a lo que se espera de ellos. Caso contrario, salen expulsados del poder, como ocurrió con Richard Nixon.
3) Donald Trump pudo darse el lujo de ser antisistema en su campaña electoral, pero ahora, como Presidente de los Estados Unidos, es la cabeza del sistema que criticó, es decir, no lo puede destruir ni alterar, dado que corre peligro su propia estabilidad en el poder.
4) A estas horas, no se conoce quién será el titular del Departamento del Tesoro, ni ninguna otra figura del staff económico, por lo cual, hablar de los efectos del “Modelo Trump” sobre la Argentina presupone que un presidente electo va a cumplir con sus promesas de campaña. Y eso no ocurre ni en la Argentina, ni en Europa, ni en los Estados Unidos.

5) Los últimos presidentes electos en los Estados Unidos que tuvieron tan mala prensa antes de asumir fueron Ronald Reagan y George W. Bush. El primero destrozó el sistema comunista. El segundo fue el encargado de terminar de darle forma a la Organización Mundial de Comercio y avanzó en acuerdos de libre comercio, pese al enojo de sus “socios” republicanos.
6) Donald Trump es un personaje difícil de encuadrar y de analizar. Dueño de activos por 4.500 millones de dólares, en su vida ha tenido cerca de 3.000 causas judiciales, 70 de ellas iniciadas en plena campaña electoral. Se lo describe como terco, ególatra, soberbio, iracundo y tramposo. Como sea, le gano a 14 precandidatos a Presidente de los Estados Unidos que eran más serios, más seguros, más calificados y mejor aspectados para el cargo. Tomarlo a la ligera, puede ser un grave error.
Sin duda el escenario que se abre es complejo y con derivaciones que pueden causar sorpresas, pero anunciar que la Argentina no va a conseguir crédito barato, que las exportaciones a los Estados Unidos cesarán, que no vendrán inversiones o alguna que otra catástrofe más sólo se explica por el interés de manipular la realidad externa para “llevar agua para el molino” del que habla, ya sea a favor o en contra de Mauricio Macri. Una muestra típica de la politiquería “estilo argento”.
Desde Jaime Durán Barba tratando de establecer un paralelo entre la estrategia de comunicación que aplica con el Gobierno y la usada en la campaña electoral de Donald Trump o al buscar semejanzas entre Mauricio Macri y el empresario estadounidense; pasando por los agoreros que pronostican la extensión de la recesión y un posible default a mediano plazo; todos creen que los fenómenos sociopolíticos deben ser analizado con la mentalidad de la interna bonaerense.

Se discute el “Efecto Trump” en el Gobierno de Mauricio Macri, pero no se habla del porqué el peronismo no quiere el “voto electrónico” en los distritos donde tienen el poder o del fuerte aumento del Gasto Público (con su correspondiente suba de la presión fiscal y de la inflación) que implica conseguir que Senadores y Diputados del panperonismo apruebe el proyecto de ley de Presupuesto del oficialismo.
En la Argentina, los “temas serios” se discuten a puerta cerrada y casi no son explicados al votante. Ahora, se dilapida saliva hablando sobre si los negocios que tuvo Franco Macri con Donald Trump hace 30 años dañarán, o no, la economía argentina. Así, se critica que el Gobierno haya dado su apoyo a Hillary Clinton, cuando algunos parecen no recordar que Sergio Massa estuvo en la Convención del Partido Demócrata cuando fue oficializada la candidatura presidencial de la esposa de Bill Clinton.
La clase política analiza el escenario político con códigos futbolísticos. Por eso no sorprende que un político experimentado como José Luis Gioja, máxima autoridad del Partido Nacional Justicialista, descalifique al Presidente de la Nación y pida disculpas con desgano, con desprecio.
José Luis Gioja comete el error de todo peronista: minimiza y desprecia a Mauricio Macri. Y fue ese Jefe de Gobierno que menospreciaron quién sacó del poder al peronismo, tanto en la Nación, como en la Provincia de Buenos Aires. En eso, sí se parecen el Presidente de la Nación y Donald Trump: Sus contrincantes nunca lo tomaron en serio y fueron los votantes quienes los llevaron al poder, no fueron ellos los que sedujeron seguidores ciegos. Tanto en Estados Unidos, como en la Argentina, se votó un cambio, pero Dios dirá hacia dónde nos lleva ese cambio.
Es cierto que las primeras decisiones económicas de Donald Trump pueden tener impacto internacional, pero el Gobierno de Mauricio Macri debería apostar a un crecimiento fuerte de la inversión y el consumo interno, más allá de las condiciones internacionales.
La desconfianza política que argumentan los inversores como causa para no hundir capitales en la Argentina no está relacionada con Donald Trump, ni la presencia de Donald Trump cambia esta falta de confianza. Para el Gobierno, avanzar en una buena alianza política para ganar en las elecciones del año próximo termina siendo una prioridad mayor que el nombre del futuro Presidente de los Estados Unidos.
En la Provincia de Buenos Aires, los 50 intendentes peronistas han coincidido en 2 puntos: (1) Crear una mesa de diálogo con todas las partes representadas, salvo “La Cámpora” y (2) Unirse para pedir más plata, más obras y más créditos a la Gobernadora María Eugenia Vidal. En eso, siguen los pasos fielmente de Cristina Fernández, que creó el “nosotros” del kirchnerismo enfrentando a “los otros” no kirchnerista.
Por su parte, Sergio Massa avanza en charlas con el Movimiento Evita, con Margarita Stolbizer, con Libres del Sur, con algunos intendentes del Grupo Esmeralda y tuvo dos encuentros con Máximo Kirchner, en absoluta reserva. Todo para intentar darle volumen al massismo bonaerense, el núcleo duro del Frente Renovador, la “llave” de su proyecto presidencial.

Ante este escenario, el Gobierno no volvió a llamar a la negociación a la “Mesa de la Producción y el Trabajo”, ni a la “Mesa Chica” de Cambiemos; y apuesta a las redes sociales para imponer su mensaje y a los “timbrazos” para mantener el control de la calle. La política queda relegada.
Si una lección puede aprender el macrismo de las elecciones de los Estados Unidos y del triunfo de Donald Trump es que cuando la economía no funciona, la gente vota cualquier cosa con tal de recuperar el bienestar económico perdido. Por eso, la reactivación, el ingreso de inversiones, poner en marcha la obra pública y aumentar el ingreso de las familias se convierten en claves para un triunfo electoral el año que viene.
El fracaso del “Modelo Macri” es el mayor activo político de tienen Cristina Fernández y Sergio Massa. Así como muchos se preguntan si ganó Donald Trump o si perdió Hillary Clinton, la gran duda que se abre para el año que comienza es si Mauricio Macri va a perder las elecciones o si Sergio Massa o Cristina Fernández pueden ganarla.
Donald Trump es un “cisne negro” para la economía y la política mundial. Mauricio Macri tiene que hacer política, mucha política, si no quiere vivir su propio “cisne negro” dado que así como las triunfos se construyen, también se construyen las derrotas.