Falta poco más de 1 mes para que cierre la inscripciones de alianzas y confederaciones y 2 meses para que termine el plazo para presentar listas de candidatos para las PASO; por eso, esta semana se abrió la “Temporada de Garrochazos”, que ofrecen una de las peores caras que la política puede brindar a los votantes: el cambio de una agrupación a otra o de un distrito a otro, todo por el simple hecho de responder a egoístas necesidades personales y estrechas estrategias electorales partidarias.

> Elisa Carrió en la Ciudad de Buenos Aires luego de amenazar casi 2 años con presentarse en la Provincia de Buenos Aires,

> Alberto Fernández, que en menos de 5 meses, pasó del massismo a una alianza con el kirchnerismo porteño, para terminar como Jefe de Campaña de Florencio Randazzo;

> Felipe Solá, quien hizo el camino inverso que la creadora del ARI y la Coalición Cívica y, ahora, deshoja la margarita para saber si será “cabeza de ratón” con Florencio Randazzo o “cola de león” con Sergio Massa; y

> el 4to., 5to. o 6to. pase de partido de Graciela Ocaña, recibida en Cambiemos como una rock star.

> Y no olvidemos a Martín Lousteau, que dejó la embajada argentina en USA para emular la carrera política que tuvo Daniel Filmus en el pasado.

Argentina siempre ha sido un país muy peculiar: Se puede cambiar de partido de una elección a otra, pero nunca abandonar el club de fútbol del cual se es simpatizante; lo que implica que le damos más valor a una preferencia deportiva que a una convicción, lo que ha colaborado con la desaparición de los partidos políticos, el triunfo de los personalismos y el abandono de las ideologías, superadas por las oportunidades y las conveniencias.

La imposibilidad de canalizar las necesidades de recambio dentro de las estructuras partidarias virtualmente destrozó los partidos tradicionales. Pero el peso de los planes de individuos, no dispuestos a una lucha interna o que no se le dio esa oportunidad, generaron las rupturas, los “garrochazos” y la aparición de “figuras políticas” que se lanzaron a crear su propia fuerza política y su propia estructura política y de poder.

Elisa Carrió y Ricardo López Murphy fueron los primeros dentro de la Unión Cívica Radical que se separaron del viejo partido dado que el alfonsinismo no les daba espacio para crecer. Curiosamente, la chaqueña fue clave para llevar a Mauricio Macri a la Casa Rosada y, antes, el ex economista jefe de FIEL le dio volumen y todos sus votos al PRO, lo que permitió que el macrismo llegara el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, luego de un primer intento fracasado.

En tanto, el kirchnerismo nació de un político oscuro de Santa Cruz que, pese a no tener el apoyo de la estructura del Consejo Nacional Justicialista, ni del entonces Presidente de la Nación, Eduardo Duhalde, terminó por imponer su candidatura sobre otras figuras y llegó a la Casa Rosada siendo el N°2 en aquella elección.

Sin duda, es un caso histórico el de Néstor Kirchner, que creó el Frente para la Victoria Santacruceña, como sublema peronista en 1988 y terminó por subsumir al propio Partido Justicialista desde 2003 a 2015; o el de Cristina Fernández, que pasó de ser “la esposa de…” a ser una de los 2 Presidentes de la Nación que terminó sus 2 mandatos en 120 años y la 2da. Mandataria más votada en la historia.

En el peronismo, desde la muerte de Juan Domingo Perón, la lucha para obtener el liderazgo vacante implica la traición al liderazgo previo para la construcción de un nuevo colectivo político de poder. Así, el sindicalismo que fue la “columna vertebral” que permitió al peronismo sobrevivir entre 1955 y 1973 y desde 1976 a 1983, y la base desde cual se creó el menemismo en 1987. Sin embargo, el kirchnerismo no necesitó del gremialismo para “copar” al peronismo e imponerse.

Juan Perón, fundador de un partido político cuyo control perdió antes de morir, en una pelea entre ortodoxos y montoneros, a quienes, por conveniencia, había permitido reinterpretar el peronismo, y luego ya no pudo reciclarlos.
Juan Perón, fundador de un partido político cuyo control perdió antes de morir, en una pelea entre ortodoxos y montoneros, a quienes, por conveniencia, había permitido reinterpretar el peronismo, y luego ya no pudo reciclarlos.
Y así como a un Antonio Cafiero le siguió un Carlos Saúl Menem, y de Eduardo Duhalde se pasó a Néstor Kirchner, era de esperar que de Cristina Fernández comenzara la pelea por un nuevo liderazgo del peronismo. Muchos creyeron ver en Sergio Massa la base del postkirchnerismo, Juan Manuel Urtubey lo intenta, pero no le alcanza para salir de su Salta natal; y ahora aparece Florencio Randazzo, a quien parece quedarle demasiado grande el traje, los zapatos y hasta la campaña electoral.

Sin embargo, Alberto Fernández, como Jefe de Campaña de Florencio Randazzo, ha comenzado a armar el “randazzismo” con la misma herramienta que en el pasado nacieron el cafierismo, el menemismo, el duhaldismo, el kirchnerismo y el cristinismo: la “ambulancia” que recoge a aquellos que saben que no tendrán lugar en las listas de las próximas elecciones, más en un peronismo superpoblado de colectivos sociales, políticos, sindicales, culturales, de género y sindicales, donde todos quieren espacios a salir.

Es el mismo mecanismo que usó Sergio Massa para crear en 2013 el Frente Renovador, pero en 2015 desde el macrismo y el sciolismo vaciaron de aliados y estructura al ex intendente de Tigre, lo que puede ser una lección para el naciente “randazzismo”, que hoy comienza a reunir intendentes, legisladores y concejales que saben que no tendrán espacio en las listas que hoy intentan diseñar peronistas y kirchneristas bajo la bandera de una supuesta “unidad”. La traición puede ser un camino de doble vía.

Por unas pocas horas, Alberto Fernández logró poner muy nervioso al kirchnerismo. Fue cuando el ex Jefe de Gabinete de Néstor Kirchner y Cristina Fernández aseguró que podía haber una alianza entre Sergio Massa y Florencio Randazzo. Para muchos estaba el germen de la creación de un polo de peronismo no kirchnerista que acelerara el proceso de “depuración” dentro del peronismo bonaerense, algo lógico luego de una derrota electoral durísima. Sin embargo, el ex intendente de Tigre descartó esa opción.

Pero aquí vemos la gran diferencia entre el “garrochismo” del peronismo y el macrista. Mientras que en el peronismo el “panquecazo” tiene como meta encontrar un espacio en una lista con posibilidades de retener poder o sumar poder; en el PRO responde a necesidades puramente del marketing político y, luego, a carestías políticas.

Así, para el macrismo, el no-pase a la Provincia de Buenos Aires de Elisa Carrió fue colocar el enemigo más poderoso para poder derrotar a Martín Lousteau y evitar que una buena elección creara una figura dominante dentro de Cambiemos que no fuera del PRO; mientras que el “garrochismo” de Graciela Ocaña tiene que con ver con la necesidad del macrismo de colocar alguna “figura” de peso en las listas bonaerenses.

Pero la llegada de Ocaña a la Provincia de Buenos Aires confirma que la lista que está diseñando Jaime Durán Barba con sus encuestas no permiten vislumbrar una buena elección de Cambiemos en territorio bonaerense, incluso con la posible ausencia de Cristina Fernández en alguna lista, ya sea kirchnerista, peronista o de unidad.

Desde un punto de vista del marketing político, Ocaña intenta sumar el voto que habría arrastrado Elisa Carrió en la Provincia de Buenos Aires y neutralizar el efecto que Margarita Stolbizer tiene sobre el Frente Renovador. Es decir, en pocas palabras, es una lucha por seducir al voto antikirchnerista y que tiene la “lucha contra la corrupción” como uno de los ejes principales para poder definir su elección.

El ingreso de Ocaña en Cambiemos siguió la misma lógica que llevó al Gobierno a dar un “guiño” a la Corte Suprema de Justicia para que avanzara en un fallo para aplicar el 2×1 a causas de lesa humanidad: ganar una franja de votantes, hoy no representados, en este caso, el llamado “voto militar”, que suma cerca de 1 millón de sufragios.

Según las encuestas, el “voto militar” estuvo muy peleado entre Mauricio Macri y Sergio Massa en las elecciones de 2015, pero fue clave para que María Eugenia Vidal ganara holgadamente en Bahía Blanca, La Plata, Mar del Plata y algunas zonas del Gran Buenos Aires. Sin embargo, en Córdoba, esa franja de votantes se volcó directamente al Frente Renovador, por eso había que tratar de monopolizarla. Pero con el fracaso obtenido, habrá que ver si el PRO logra ese objetivo electoral.

Y hablando de Córdoba: será muy duro para Sergio Massa que José Manuel de la Sota no se presente en las próximas elecciones. El massismo obtuvo 50% de sus votos en la provincia mediterránea gracias al delasotismo. Sin embargo, ahora, el sello Frente Renovador no tiene candidato en esa provincia, y la marca partidaria massista puede perder todo lo ganado en peso y prestigio desde 2013 en el recuento final de votos.

Hoy, el Gobierno lleva una ventaja enorme sobre el resto de las fuerzas que enfrentará en Octubre, dado que tiene gran parte de las cabezas de listas ya decididas, obviamente, luego de pasar sesudas encuestas pedidas por Durán Barba. Mendoza y Santa Fe son los mayores problemas entre los grandes distritos porque Entre Ríos es un problemón pero su peso electoral es reducido. El puñado que falta (Río Negro, Chubut, Tierra del Fuego, Neuquén, Corrientes y Santiago del Estero), no son significativas en cantidad de sufragios, pero pueden sumar legisladores muy necesarios para “blindar” al Gobierno, desde el Congreso, los próximos 2 años.

Pero donde se verán cientos de ejemplos de “garrochismo” será a nivel provincial y municipal, donde la atomización política es mayor, la cantidad de cargos en juego menor y donde la pelea para obtener un espacio a salir en las listas será muy, pero muy intensa. En estos espacios, la lógica del armado de listas es sencillo: si el lugar en una lista puede salir electo, hay acuerdo; en caso contrario, se crea una lista y se intenta por afuera.

Sergio Massa y Margarita Stolbizer aseguran que la base de su alianza es “conformar una agenda común”. No es un accidente el uso de esas palabras. Ya no hay valores, no hay ideología, no hay liderazgos “naturales”. El marketing político, las encuestas y las necesidades electorales marcan las pautas de armado de alianza en los últimos años. Y en este 2017, quizás, el fenómeno adquiera un volumen récord. Por eso la “Temporada de Garrocha” no dejará de sorprendernos en los próximos 2 meses.