La devaluación del peso no solo se manifiesta en el salto del dólar a $200 por unidad en los mercados no regulados por el Banco Central, sino también en la caída del poder de compra de los salarios, por la erosión que provoca la inflación a ritmo de dos dígitos altos por año, y de modo persistente en décadas con esporádicas interrupciones.

Es efecto se observa con claridad en la serie de datos del Índice de salarios que elabora el Indec todos los meses para las tres grandes divisiones del mercado de trabajo en relación de dependencia: ocupado en el sector público, en el sector privado registrado y en el privado informal -sin descuento jubilatorio-, como del promedio que estima el Ministerio de Trabajo para el caso de los empleados en empresas particulares según las declaraciones juradas presentadas al Sistema Integrado Previsional Argentino, y el Ripte (Remuneración Imponible para el Trabajador Estable).

La serie de salarios reales en pesos que se inicia en 1993 muestra raros momentos en que el poder de compra de los trabajadores en relación de dependencia superó el valor de referencia de 100 de ese año, y se explica por la baja tasa de inversión productiva en proporción al PBI, porque impide obtener aumentos de productividad en el conjunto de los factores que posibiliten un comportamiento virtuoso del conjunto de las variables.

Y, claramente, en tiempos de recesión, incremento de la presión tributaria y aceleración de la inflación, el deterioro de los ingresos de los empleados se acentúa, como se observó en los últimos cuatro años.

Más errática aún, pero con una tendencia decreciente similar, y más contundente es la serie de salarios privados en el sector privado convertido a dólar al cambio libre.

Según el economista Nery PercichiniHead of Strategy GMA Capital, el Ripte de agosto, con un nivel de $90.340 bruto era equivalente a USD 489, uno de los más bajos de la serie histórica: 46% inferior al de pre PASO de agosto 2019, cuando se ubicaba en USD 1.051; y más aún con el que había terminado la segunda presidencia Cristina Fernández de Kirchner (USD 1.214 noviembre 2015), y muy lejos del “pico” de USD 1.718 que había alcanzado en la primera etapa de la Convertibilidad fija de 1 a 1 entre el peso y el dólar, en febrero 1995, previo a la crisis financiera del Tequila, en simultáneo, aunque con unos meses de rezago y anticipos de la rusa, brasileña y otras.

Durante el gobierno de Cambiemos el salario medio privado registrado equivalente en dólares alcanzó un máximo de USD 1.458 en noviembre de 2017, previo a la crisis que provocó la intervención de hecho del Banco Central y dio lugar a la crisis posterior, con un derrumbe sostenido hasta USD 697 en los días previos al fin de la presidencia de Mauricio Macri.

Aún se mantiene por sobre uno de los mínimos en dos décadas, como fue en junio 2002, con USD 316, al acusar el efecto arrastre de la crisis de la Convertibilidad con pesificación asimétrica, devaluación y default de la deuda pública.

No son pocos los analistas que advierten que convertir salarios a dólares es un ejercicio que no se corresponde con la realidad porque se perciben pesos que se gastan en su mayor parte en la moneda nacional en el mercado interno. Sin embargo, ese enfoque desconoce que directa o indirectamente los precios de la economía se ajustan total o parcialmente por la variación de la cotización dólar, sea por el componente importado del producto o servicio que se ofrece, sea porque es la variable que permite determinar la competitividad cambiaria y sustituir o complementar, según los casos, producción nacional por importaciones o viceversa.

Claramente, esas cuestiones técnicas, y muchas veces ideológicas, ya no existen en la mayor parte del planeta donde los gobiernos han logrado erradicar casi por completo la inflación, y por tanto la flotación de las monedas genera cambios en los precios relativos, pero al final del día virtualmente se neutralizan alzas y bajas, y se pueden neutralizar con mejoras en la productividad en el uso de los factores de producción.

En agosto último, Esteban Domecq destacó en una entrevista en Infobae que “el espectacular ascenso de los precios internacionales de las materias primas durante la primera década de los 2000, en la cual la soja pasó de USD 150 a USD 650 la tonelada, permitió configurar un determinado nivel de salario real, inconsistente con el nivel de productividad del trabajo, que no se pudo sostener cuando el ciclo alcista de los precios internacionales de las materias primas que más exporta la Argentina se empezó a revertir a partir del 2012″.

“Durante el segundo mandato de Cristina Fernández de Kirchner se mantuvo artificialmente consumiendo stocks, sobre todo reservas internacionales del BCRA; durante los dos primeros años de la gestión de Mauricio Macri se sostuvo con crédito externo. Una vez que nos quedamos sin dólares, ni stocks ni flujos, la caída del salario real era inevitable. La corrección de estos tres años, que se materializa en salarios que vienen corriendo de atrás a la inflación, responde a una macroeconómica desequilibrada desde hace una década ajustando, intentando alinear un salario real disociado respecto del nivel de productividad. Es la distancia entre lo que la sociedad pide, respecto de lo que esta economía puede dar”, agregó el economista.

“Una vez que nos quedamos sin dólares, ni stocks ni flujos, la caída del salario real era inevitable”, dijo a Infobae Esteban Domecq, presidente de Invecq Consultora (Franco Fafasuli)

Pérdida de capacidad de generación de riqueza

En línea con semejante deterioro del ingreso real de la mayor franja de los trabajadores registrados el Indec informó que “En el segundo trimestre de 2021, la remuneración al trabajo asalariado (RTA) aumentó 55,1% respecto al mismo período de 2020. En términos del valor agregado bruto (VAB) medido a precios básicos, representó el 40%, registrando un descenso de 9,79 puntos porcentuales (p.p.) respecto del segundo trimestre del año anterior”.

Tan notable retroceso, en particular en comparación con uno de los peores momentos de la situación socioeconómica de la Argentina, como fue el primer tramo de la irrupción de la crisis sanitaria del Covid-19, porque forzó preventivamente la casi total parálisis de la economía en su conjunto, sólo se explica por la brutal caída de la productividad laboral, la pérdida de puestos de trabajo y el aumento relativo de la precariedad laboral. El Indec estimó que los puestos de trabajos asalariados se recuperaron en ese período 11,1%, pero con apenas un aumento del 1,6% en el segmento registrado y 42% en negro.

Ese cuadro explica en parte el muy bajo nivel medio de las jubilaciones y pensiones, porque se financian en dos terceras partes con los aportes personales y contribuciones patronales sobre una masa salarial cada vez más devaluada.

Revertir ese proceso requiere de un plan económico sustentable de largo plazo, que conduzca a recuperar el valor de la moneda de modo que, con un peso más fuerte, es decir un tipo de cambio más bajo, suba el salario equivalente dólares.

Y para que eso se mantenga es clave un sostenido e importante crecimiento de la productividad de la economía para no perder competitividad con el resto del mundo, elevar las exportaciones a un ritmo superior al que en ese escenario tendrán las importaciones de insumos, máquinas y equipos, y también bienes de consumo, por la mejora resultante de la calidad de vida del conjunto de los residentes en la Argentina.

Coinciden los economistas, de todas las extracciones políticas e ideológicas, en particular cuando no están en funciones ni sometidos a subordinar sus conocimientos y capacidades profesionales al poder de turno, que, como siempre ocurre, en algún momento la distorsión de precios relativos tiende a corregirse, e inicialmente derivan en mayor inflación y pobreza, porque un tipo de cambio oficial más alto aumenta diversos costos en la moneda nacional y deriva en salarios más bajos en dólares a esa paridad. Sin embargo, si ese proceso es acompañado con un plan sustentable, que reduzca el tamaño del Estado y con eso la presión tributaria sobre empresas y trabajadores, en modo directo e indirecto, la transición resultará ordenada y beneficiosa para la sociedad en su conjunto, porque se cerrará la brecha cambiara y subirá sustancialmente la relación entre salarios en pesos y cotización del dólar libre.