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Bajar la inflación de modo persistente es una tarea ciclópea en la Argentina

Bajar la inflación de modo persistente es una tarea ciclópea en la Argentina

Uno de los grandes flagelos que afectan a la economía nacional es la perdurabilidad de tasas de inflación de dos dígitos al año, un rara avis en el mundo moderno, pese al alto costo que representa en términos de crecimiento de la pobreza y estancamiento de la actividad, porque afecta más a los sectores de ingresos fijos, o incluso ajustables con un rezago de 6 meses, como es el caso de las jubilaciones y planes sociales, cuando el proceso se acelera, como en el corriente año.

Sin embargo, en la sociedad argentina, y en particular en la clase política, no se advierte una clara preocupación por revertir ese flagelo, sino que por el contrario se lo alienta el reclamo al gobierno de turno de encarar una “política de ingresos”, esto es recomponer los salarios tras la suba de los precios; con todas sus variantes de “precios cuidados”, controles de precios, apertura de la economía, entre otros, e indexación de los ingresos, sin contemplar el riesgo de generar un círculo vicioso en que todos pierden, unos más que otros.

Y además, ante la clara resistencia a ordenar las finanzas públicas por la vía primaria de bajar los gastos improductivos, la burocracia de la política en todos sus órdenes y poderes, es decir, “terminar con los stocks indeseables”, como sostiene Juan Carlos de Pablo, para luego pasar a la tarea imposible de encarar con el actual nivel de inflación de fijar criterios de productividad en todos los ámbitos del Estado, se opta por lo más rápido, la creación de impuestos de emergencia, incluido el inflacionario.

Más allá que la estabilización desde un ritmo de variación de precios de niveles de dos dígitos altos, más del 40% al año, no tiene casi antecedentes con régimen de tipo de cambio flotante, y menos en una economía bimonetaria de hecho que tiene como principal oferta exportable los alimentos que consume, excepto el complejo sojero, existe una alta correlación entre la devaluación del peso y la inflación.

Sin embargo, al observar la dinámica del crecimiento del gasto público en los últimos 30 años, solo posible por la vocación legislativa a crear impuestos, y del Poder Ejecutivo a tomar deuda más allá de la capacidad real de repago futura que se manifiesta en un índice de riesgo país también entre los más altos del planeta, se advierte con claridad que hay mucho margen para bajar la burocracia estatal, clave para revertir la ya insoportable presión tributaria por parte de quienes pagan.

Pero de eso se habla muy poco, salvo a través de decisiones de emergencia, como bajar drásticamente la inversión en obras de infraestructura, y delegarla en el sector privado justo en el peor momento de la industria de la construcción, severamente cuestionada por hechos de corrupción, aunque es muy probable que existan excepciones.

De ese modo, se genera una deuda contingente que habrá que pagar en un momento en el que se piensa que las cosas podrían cambiar sustancialmente. Muchos lo desean, pero hasta ahora no parece ser tantos.

Ejercicio contundente

Una de las razones que alientan la convivencia con alta inflación, pese al claro deterioro que provoca en las condiciones de vida de la mayor parte de la población, y del persistente retraso del país respecto de la mayoría de quienes han logrado superarlo, incluso en el vecindario, es que no solo históricamente, sino en las proyecciones para el nuevo año, se observa cómo el “impuesto inflacionario” resulta funcional a financiar el exceso de gasto.

Así se explica, seguramente sin proponérselo, en los supuestos del Presupuesto de Gastos y Recursos para 2019, en el punto 3.6. del Mensaje al Congreso que consta de 221 páginas, sobre los “Desafíos Fiscales”, que en más de ocho folios muestra el impacto de posibles cambios en las tasas de actividad, inflación y devaluación, sobre el resultado de las finanzas de la Administración Pública Nacional.

Claramente, la aceleración de la inflación, al afectar primordialmente el consumo de las familias, pero también la planificación de inversiones productivas por parte de las empresas, y consecuentemente a pensar en competir con el resto del mundo porque se torna imposible hacer análisis de costos, provoca recesión y debilita la base imponible de los recursos tributarios.

Pero, al mismo tiempo, el trabajo revela que, dada la estructura tributaria, procíclica a la variación de los precios y los salarios, concluye que el saldo del efecto de una aceleración de la inflación sobre los ingresos y el gasto público, a pesar del alto componente indexado en el rubro social, como principalmente jubilaciones y AUH, sería superior al de los recursos que se dejarían de percibir por una posible mayor caída del PBI.

La peor recomendación

Sería un enorme error mal interpretar ese análisis, y creer, como piensan muchos dirigentes políticos, que “un poquito más de inflación no estaría mal”, para justificar un acuerdo de precios y salarios que posibilite corregir los desvíos acumulados.

Está demostrado que, al menos en la Argentina, eso determina un sistema de precios reprimidos que deriva en algún momento en situaciones inquietantes de aceleración de la inflación que puede llegar a tasas de dos y tres dígitos, al mes.

Para los desmemoriados, que no vivieron o no leyeron cómo se llegó a la hiperinflación de 1989, luego de haber transitado por un breve período de  deflación cuatro años antes, con el fallido Plan Austral, pueden simplemente observar hoy la realidad venezolana.

Hoy existen varios reaseguros para no caer en eso, pero tenerlo presente es recomendable para que los políticos y quienes están a cargo de la gestión de la economía comiencen a trabajar más en diseñar y ejecutar políticas orientadas a la estabilización de los precios y la mejora de los ingresos de las familias por la vía de la reducción de los impuestos, directos e indirectos, que por el facilismo de alentar más gasto público y luego proponer correcciones nominales en los ingresos que solo alimentan la ilusión monetaria de creer que con eso se estará mejor, pese a que rápidamente se retrocede un paso más.