Termina una campaña para las PASO dominada por las críticas de unos, la defensa de lo hecho por parte del oficialismo, y casi carente de propuestas. Cuando se ensayaron algunas iniciativas, mostraron no disponer de sustento macroeconómico, porque sólo pueden sonar como música grata para algunos oídos, pero está demostrado que conducen a profundizar los desequilibrios existentes, con costos para todos los argentinos, en particular para los hogares vulnerables que se dice que se busca favorecer.

En ese escenario, en los últimos días se sumaron nuevas voces de diferentes agrupaciones políticas ad hoc adherentes a las críticas del ex ministro de Economía durante la primera etapa del kirchnerismo, Roberto Lavagna: “La política económica de Cambiemos es similar a la que aplicó en la segunda mitad de los 70 el entonces ministro José Alfredo Martínez de Hoz y, por tanto, si no cambia, terminará mal”.

No hay duda de que en los primeros 20 meses del nuevo gobierno se han cometido severos errores, y que no se ha logrado mostrar una real baja del déficit fiscal, porque tal vez mejoró la caja de la Tesorería muy levemente, pero al costo de agrandar una deuda con el mercado por parte del Banco Central que se lleva todos o gran parte de los ahorros que se pudieran haber logrado en aquel frente. Tampoco se mostraron notables progresos en actividad y empleo, más allá de haber comenzado a aparecer claros índices de salida del bache inicial que se aproximan a los del punto de partida, a fines de 2015.

Pero de ahí a predicar la catástrofe apoyándose en similitudes sólo aparentes entre dos políticas, una bajo un desgobierno de facto, que todos saben muy bien cómo terminó, tanto en lo económico, pero muchísimo peor aún en lo social y con singulares costos en vidas humanas; y otra avalada por el voto popular, con mayoría absoluta en segunda vuelta y más de setenta leyes votadas por un Congreso dominado por fuerzas de la oposición, sólo es entendible bajo una inescrupulosa contienda electoral.

Puntos de coincidencias, sólo en apariencias

A grandes rasgos, se advierten coincidencias en algunas políticas económicas, como fueron la eliminación de la mayor parte de las retenciones a las exportaciones; la intención de bajar la inflación como punto central de la gestión para comenzar a erradicar la pobreza; la apertura al mundo, tanto en el plano comercial como financiero; el aumento de la deuda pública, principalmente externa. No mucho más.

Sin embargo, apelando más a los datos que a la memoria, rápidamente se detectan enormes diferencias a favor del presente, no del pasado.

Hay quienes recuerdan la época de la “plata dulce”, porque la brecha entre las tasas de interés, el tipo de cambio y el rendimiento de los valores nacionales ajustables 1975-1985, que subían al ritmo de la inflación, aseguraban una renta singular; muy lejos de lo que los operadores más avezados y avisados pudieron obtener en los últimos 20 meses.

En 1976, cuando José Alfredo Martínez de Hoz lanzó su plan de estabilización, el 2 de abril de ese año, la tasa de inflación, que venía del 335% luego del bautizado “Rodrigazo”, terminó en 347%; las tasas de interés al inversor promediaron 70% anual y el costo del dinero para el tomador se ubicó en 126% anual, mientras que el dólar aumentó 356 por ciento.

El año siguiente, la inflación descendió a 160%, las tasas de las colocaciones a plazo fijo subieron a 90% anual y para el tomador de crédito se equiparó con el alza de los precios, mientras que el dólar subió 116 por ciento. En ese rango se mantuvo en 1978, año del mundial de fútbol; la inflación se sostuvo en los tres dígitos porcentuales, 170%; las tasas descendieron levemente a 86% y 156% anual, pasiva y activa, respectivamente; y el tipo de cambio comenzó a rezagarse notablemente, se elevó 68 por ciento.

Ese fenómeno se agudizó en 1979, con la tablita cambiaria que anticipaba el nivel diario de la cotización del dólar desde enero hasta agosto, subió 61%, pese a que la inflación se sostuvo en 162%; y también el nivel del costo del dinero. Y en el último año de Martínez de Hoz manejando el timón de la economía, la inflación se atenuó a 88% y persistieron las tasas negativas para el ahorrista: 60% nominal anual, y positivas para el tomador de préstamos, 116%, con un dólar que apenas se elevó 23 por ciento.

Ahora, en los primeros 12 de los 20 meses de Gobierno de Cambiemos, la inflación se aceleró de 25% a 40% por efecto de la herencia de enormes desequilibrios macroeconómicos, con alto déficit fiscal, pese a la presión fiscal récord, que había disparado el ritmo de emisión del Banco Central a más del 40% al año en el trimestre previo al fin de mandato de Cristina Kirchner; atraso en la cotización del dólar y de las tarifas de los servicios públicos, como anclas fallidas de la inflación que caracterizó la última etapa del gobierno anterior. Ello junto con el costo de administrar la venta de dólares a futuro entre julio y noviembre de 2015 a precio de remate entre marzo y junio de 2016, por un monto similar a las reservas en divisas en el Banco Central. En ese período, las tasas de interés de referencia comenzaron en 39% anual y se desaceleraron al 28% anual; y el dólar subió 65% respecto del que estaba anclado, pero apenas 8% en comparación con el contado con liqui.

En los ocho meses siguientes, desde el 10 de diciembre de 2016 hasta hoy, la inflación fue de poco más del 16%; las tasas descendieron al 20% para un plazo fijo y 26% a través de las Lebac; y la activa se ubica en torno a 28% anual para grandes empresas. En tanto, el dólar subió poco más de 10%, en un régimen de amplia flotación, con mínima intervención del Banco Central, más para atenuar la volatilidad que para afectar la tendencia.

Claramente, la brecha entre el momento actual y la de 40 años atrás, cuando la “plata dulce” les permitió a muchos operadores acumular grandes fortunas, es enorme. El resultado de los ejercicios matemáticos escapa a cualquier retórica interesada.

Endeudamiento y avalancha de importaciones

En los casi cinco años de ministro de Economía de Martínez de Hoz, la deuda pública se multiplicó por tres, a un ritmo de 25% acumulativo por año, aunque con valores muy pequeños respecto de los actuales: pasó de 6.600 millones de dólares a 20 mil millones de dólares; y en términos del PBI se elevó de un 11% a casi 17%; en su mayor parte estuvo vinculada con la compra de armamento, como bien se puede detectar en las cuentas de la balanza de pagos.

Ahora, en los 20 meses del gobierno de Cambiemos, la deuda pública total, interna y externa, lleva acumulado un aumento del 35%, de 222.700 millones de dólares, 35% de un PBI “inflado”, a unos 300 mil millones de dólares, 53% de un PBI “real”, como consecuencia principalmente del financiamiento del déficit fiscal, para no apelar a la emisión de pesos del Banco Central, y en menor medida al pago de deuda en default por unos 9.300 millones de dólares; y pagos de ventas de dólar a futuro con un costo de unos cuatro mil millones de dólares.

También, algunos economistas de la oposición equiparan la política actual con la de fines de los 70 por la dinámica de las importaciones, porque consideran que, tanto entonces como ahora, se asiste a una avalancha de productos foráneos que destruye empleos y produce el cierre de empresas.

Sin embargo, en ambos casos se mantiene una economía técnicamente cerrada. En el primer caso, las importaciones en valores absolutos pasaron de 3 mil millones de dólares a 10.540 millones de dólares, crecieron menos de tres veces. Pero en términos del PBI subieron de 5,8% a 9% de un PBI de 116 mil millones de dólares, en el peor momento. Ahora, por el contrario, apenas se movieron de 59.757 millones de dólares a fines de 2015, a un ritmo en el primer semestre de no más de 61.200 millones de dólares al año, equivalente a poco menos de 11% de un PBI de 570 mil millones de dólares.