La simple lectura de cualquier serie de tiempo sobre la marcha de la actividad, tanto de la economía real como financiera y del sector externo, prenunciaba que a esta altura iba a comenzar la llegada de aumentos, en algunos casos hasta siderales.

Es cierto que en este momento del año anterior se decía lo mismo, pero la realidad demostró que no fue así. Eso fue por no haber hecho una buena lectura de dónde veníamos, un año electoral en el que se había tirado toda la carne al asador, y muchos funcionarios se dejaron llevar por sus expectativas de adónde quieren llegar, tras un lustro de estancamiento y crudo aumento de la pobreza extrema.

Ahora se corre el riesgo de cometer el error, aun cuando claramente el escenario es bien diferente, porque incluso con los desequilibrios prevalecientes, la macroeconomía avanzó varios escalones hacia la cima de la “normalización” de la inflación, del déficit fiscal y del ritmo de actividad de la economía en su conjunto a su velocidad crucero histórica de poco más de tres por ciento.

Es que tras los primeros datos de julio, y los consolidados de junio, de recaudación, industria, construcción, empleo registrado, salarios, e incluso de inflación, pese al empinamiento a un rango de 2% el mes pasado, parecen exageradas las declaraciones del ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne: “Este año los salarios le van a ganar por goleada a la inflación”. No tanto porque no sea altamente probable que ese vaticinio se cumpla, ya que el promedio de las paritarias a un año hasta abril-junio cerraron con aumentos del 22% al 23%, y la inflación esperada para entonces se prevé que estará respecto de un año antes en menos de 18%; sino porque significa haber olvidado el punto de partida muy bajo, y porque puede leerse que la economía ya se normalizó.

El Ministerio de Trabajo, primero y luego, el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec), comunicaron que los salarios de los trabajadores registrados del sector privado, y en menor medida de la administración pública, subieron más que la inflación, en unos siete puntos porcentuales, equivalente a una mejora real del 4,5% en comparación con un año atrás. Y, en el Gobierno confían en que esa recuperación real se sostendrá al menos hasta abril-junio de 2018, sobre la base de la proyección de los ajustes acordados en paritarias por el 90% de los gremios, asumiendo que se mantiene la desaceleración de la inflación al 17% anual hacia esos meses, y al nuevo techo de 12% para diciembre del año próximo.
Pero no se debería perder de vista que a esta altura de 2016 los salarios, pese a haber subido un 33% en promedio, habían acusado un rezago de más de diez puntos porcentuales respecto de la inflación, esto es, acusaban una caída real de más del ocho por ciento.

De ahí que la mejora ahora prevista significa ni más ni menos que aproximarse al punto de partida de casi dos años atrás, cuando el escenario no era nada bueno, producto de un lustro con estancamiento en un bajo nivel relativo.

Recuperación parcial de la actividad

Una conclusión similar surge cuando se analizan las series de tiempo de las actividades de la construcción y la industria. En el primer caso, repuntó 17%, pero fue insuficiente para recuperar la caída del 19,6% que acusó en junio del año anterior. Mientras que en el segundo también la reactivación desde mayo viene siendo importante, pero aún es insuficiente para volver al punto de partida.

De ahí que si bien el Gobierno ha logrado avances sustanciales en la economía, la gravedad del punto de partida hace que todavía deba avanzar en diversas áreas para que no sólo pueda ganar el partido de los salarios por goleada, sino el campeonato en actividad, empleo y principalmente de baja de la inflación y de la pobreza.