Desde que en el segundo semestre de 2016 aparecieron los primeros indicios de reactivación de la actividad
económica agregada hasta hoy surgieron aparentes contradicciones entre ese nuevo escenario, con “siete
trimestres consecutivos de crecimiento del PBI”, según resalta a menudo el ministro de Hacienda y su equipo, y las
quejas y cuestionamientos crecientes de sindicalistas, economistas independientes y también de empresarios sobre
la fortaleza de esa recuperación en el agregado general y la realidad que afecta a cada sector.
Incluso, acorde con esa percepción el presidente, Mauricio Macri, destacó en su tercer mensaje en el Congreso de
la Nación que estamos frente a un “crecimiento invisible”.

Y el mercado financiero no fue ajeno a ese proceso, como lo muestra la inquietante apertura de la brecha que se
abrió entre los índices de riesgo país de la Argentina y Brasil, de casi cero el 10 de diciembre de 2015 y más de 150
puntos básicos ahora.
En el Gobierno desconfían de ese desempeño del indicador porque cuando asumieron el país no tenía acceso al
crédito internacional y por tanto “el riesgo era infinito”; sin advertir que justamente es un índice que refleja más las
expectativas de de cada momento que la fotografía del presente.

 

Pero aparecieron los datos de empleo del conjunto de la economía correspondientes al último trimestre de 2017,
y lo que se creía invisible, y de exceso de gradualismo que genera más costos que beneficios, se transformó en una
realidad singularmente visible: creció notablemente, aunque con diferentes intensidades en 20 de los 31
aglomerados urbanos relevados por el Indec; se estancó en 1 y cayó en los 10 restantes.

 

El resultado neto, según las estadísticas del Indec, fue que se alcanzó una tasa de ocupación récord en la serie de
más de 40 años, con 43% de la población total, excluidos los cuestionados datos por la actual conducción del
organismo del período 2007 a 2015, y la mayor creación de empleos en 14 años.

Algo más que blanqueo

El fenómeno se venía percibiendo mes a mes en los informes mensuales de la Subsecretaría de Políticas,
Estadísticas y Estudios Laborales, del Ministerio de Trabajo, pero parecía que respondía más al efecto del blanqueo
de activos que cerró en el primer trimestre de 2017.
Pero, del resultado de la última Encuesta Permanente de Hogares por parte del Indec se desprende que también se
reactivó fuertemente el empleo en negro, en particular en la construcción donde se estima que existe el mayor índice
de informalidad.
De ahí que el ministro Jorge Triaca se mostrara cauto en sus evaluaciones del resultado de la EPH, más allá que
destacó en declaraciones radiales que es un reflejo de “las políticas inclusivas que impulsa el gobierno del
presidente Mauricio Macri”; y resaltara la necesidad de “avanzar con reformas laborales que posibiliten elevar la
competitividad, la productividad y mayor inclusión social”.

Percepción de la realidad

Una de las razones más notables que explicarían la percepción de un crecimiento invisible y que se traducen en la
disminución de la confianza de los consumidores, mientras que el empleo agregado se expande a tasas récord, es
que después de seis años de una política populista de fomento del consumo en detrimento de la inversión,
desde el inicio de 2017 las cuentas nacionales muestran el fenómeno inverso, pese a que se dice que no “llovieron
las inversiones”.

Factor excluyente

No sólo eso, las propias estadísticas oficiales dan cuenta de que el mayor impulsor de la inversión y del empleo se
concentra en la obra pública y privada, vinculada con el Plan Belgrano, los planes de vivienda social y la
extensión de las redes de cloacas, agua potable y gas natural, mientras mantiene dificultades para reactivarse el
agregado del sector manufacturero, y gran parte del agro se ve afectado por la peor sequía en medio siglo.
Y si bien no se debiera perder de vista que el consumo privado representa el 72% del PBI en valores reales y
70% a precios corrientes, pero no genera empleos si no está asociado al crecimiento de la inversión bruta interna fija
que apenas equivale al 20% del PBI en pesos constantes y menos del 16% a precios de mercado, el equipo
económico tampoco debiera sobreestimar el efecto de la reactivación a partir de niveles previos con variaciones
contractivas.

El ministro de Hacienda y su equipo hablan a menudo de un ciclo de siete trimestres de crecimiento sostenido de la
actividad agregada, pero las propias cuentas nacionales, con datos completos diciembre de 2017, dan cuenta de
seis períodos de aumento por trimestre, y se reducen a cuatro en el cotejo anual.

Y más allá de que, como lo anticiparon los datos virtuosos de crecimiento del empleo total y de la oferta total de
trabajadores y las expectativas empresarias, el comienzo de 2018 dio claras muestras de un “enfriamiento” asociado
a una conjunción de factores, tales como, en una apretada síntesis:
1. Los hechos de diciembre, con el cambio del factor de empalme de la movilidad jubilatoria y sus efectos sobre
los planes sociales;
2. La recalibración de la meta de inflación, que generó un cambio de expectativas negativas en los agentes
económicos;
3. La suba de la tasa de interés en el mundo;
4. La peor sequía en 50 años;
5. El cumplimiento de las metas fiscales en el primer bimestre con la ayuda de frenar tanto la ejecución con los
pagos de la obra públicas, por la creciente absorción de caja para pagar los crecientes intereses de la deuda
pública;
5. El cierre de la economía que impulsa el gobierno de Donald Trump, pese a que intenta disimularlo con la
compra de limones; y
6. El fenómeno estadístico, porque desde ahora las comparaciones, tanto trimestrales como interanuales, serán
con bases más altas que en el pasado.