En estas semanas, volvió a centrarse el debate sobre la reforma electoral en el voto electrónico y se vieron muchas dudas, argumentos profundamente errados, conceptos falaces y hasta jactancia de la peligrosa ignorancia que todos tenemos sobre la tecnología que creemos dominar.
Primero que nada, se yerra el foco de la discusión y es ahí, quizás, donde más podemos trabajar para encontrar la solución a nuestro obsoleto sistema electoral que no sólo incluye al instrumento de votación. El foco de la reforma electoral debe ser el sistema de partidos políticos y el ciudadano.
El voto electrónico (con respaldo en papel o sin él) agrega nafta al fuego. Simplemente suma complejidad restrictiva en la fiscalización (introduce la necesidad de hackers o fiscales de élite), desconocimiento del ciudadano de los procesos que ocurren entre que este elige y se computa su voto, y le quita confianza y legitimidad al proceso electoral. Por supuesto que eso sucede con todos aquellos que se preguntan qué pasa con su voto. La inmensa mayoría ha sido convencida de que con el respaldo en papel no hay posibilidad de fraude, cuando lo que sucede es que se agregan nuevas formas a la enorme casuística de irregularidades electorales. Lo peor es que las que se juran y perjuran que se eliminan siguen latentes y disponibles.

Derrumbar mitos sobre nuestro sistema electoral
Es importante conocer en síntesis qué sucede en nuestro sistema electoral para decir por qué es un colador y ubicar esos puntos débiles centrales para intentar resolverlos o limitar su impacto para que nuestro sistema de creencias en democracia y elecciones siga siendo vigente. Los siguientes puntos son los cruciales:

1.La falencia en la capacitación de las autoridades de mesa es inmensa y el nivel de ausentismo, alarmante. Los fiscales siguen siendo insuficientes en un sistema de partidos muy débil.
Esto permite que haya enormes regiones en diversas localidades de todo el país en las que no se tiene control efectivo de lo que sucede a lo largo de la jornada. Hay mesas que son reemplazadas por punteros que dominan lo que ocurre durante toda la elección. Se limita la capacidad de fiscalización y se amenaza a fiscales para que no eviten trampas como las más extendidas: sustitución de la identidad del votante (artículo 129, inciso D, CNE), es decir, vienen a votar por quien no fue, no existe más o vive en otro distrito. Un fiscal no puede ser un superhéroe. Si lo amenazan o lo amedrentan, o le prohíben acceder a la apertura de mesa o al cierre, no puede hacer otra cosa que denunciarlo, pero el ataque a la democracia ya está hecho.
Cuando el Estado no está presente con una autoridad de mesa oficial y capacitada, puede ocurrir cualquier cosa y nada bueno. Nada puede hacer una máquina de voto electrónico, por ejemplo, en Virrey del Pino, partido de La Matanza, sobre el accionar de punteros inescrupulosos que puedan continuar haciendo votar con la boleta electrónica sin límite, como lo hacen con el rellenado de urnas (urnas embarazadas). Usarán esas que corresponden a los que nunca votan o están muertos.
La solución está en el control de la mesa con autoridades de mesa idóneas: no se atacó este foco en la reforma. En la vuelta de la democracia y en los períodos sin golpes, presidentes de mesa y suplentes eran docentes capacitados, con caligrafía perfecta. Hoy no sucede eso y además seguirán siendo aleatoriamente designados. Chicos que van a votar por primera o segunda vez, o quienes no son aptos para delegarles la custodia de las máquinas que no conocen y, lo más transcendente, el inmenso papel de custodios del acto electoral, único momento soberano del ciudadano.
Lo más importante de este punto es que sin fiscales no hay transparencia electoral posible. No es cierto que el voto electrónico elimina la necesidad de fiscales, sino lo contrario; necesita, además, fiscales electrónicos capacitados para una acción imposible de llevar a cabo: auditar en tiempo real a las casi cien mil máquinas de voto en todo el territorio nacional.

2.El escrutinio provisorio no es el definitivo y ahí sí puede incorporarse tecnología para agilizar los resultados sin perjuicio de su efectiva confirmación o la rectificación en sede judicial de los resultados finales.
Muchos mezclan los momentos de conteo sin entender que cuando una mesa se cierra (hay casi cien mil), con ella se cierran casi todas las chances de control si no hubo fiscales para verificar la fiabilidad de los resultados de ese escrutinio.
Si una máquina es controlada en el escrutinio de mesa por un puntero, este puede cambiar los resultados no contabilizando votos (quema los chips o los elimina y computa como fallidos) o rellenando con las boletas electrónicas no usadas hasta completar el número elegido. Sin fiscales no hay resultados reales.
Las urnas no se vuelven a abrir una vez que el proceso se ha completado y si nadie denunció dentro de las 48 horas (artículo 110, CEN) cualquier irregularidad, si no existen diferencias entre actas de escrutinio y copias de los fiscales, o errores graves en el escrutinio definitivo que se lleva en cada Junta Electoral en sede judicial luego de las elecciones por un lapso ininterrumpido de diez días, no se revisarán las constancias en papel (también las destruidas o las quemadas) que imprime la máquina, ni tampoco la boleta partidaria o única, en caso de que acepte lúcidamente el método más extendido en el mundo.

3.El escrutinio definitivo se hace sobre las actas y los certificados de escrutinio (documento oficial y copia en mano de fiscales) y no sobre las urnas ni sobre las boletas.
La ignorancia generalizada en este punto también es crítica para definir cómo hoy se discute sobre el asunto del conteo de votos y su validez final. La mayoría desconoce que el resultado que vale emerge de las actas de escrutinio confeccionadas por las autoridades de mesa y los certificados de escrutinio, que son la copia que se llevan los fiscales partidarios.
Aquí, con un buen diseño de una boleta única de papel, se puede hacer el control humano manual y, a la vez, tomar un sistema óptico que considere el voto efectivo en la grilla de preferencia de cada elector y eliminar cualquier diferencia con el escrutinio provisorio. Podemos sumar tecnología siempre que el último conteo sea humano y también sobre este punto final, si no hubo control fiscal en origen, los elefantes del fraude seguirán pasando bajo la mesa.

Los problemas que el voto electrónico (con comprobante en papel o no) agregan a este lío
Cuando uno argumenta contra el voto electrónico, lo vinculan rápidamente (tenemos la gimnasia acostumbrada a matar al mensajero) con la preferencia del obsoleto método actual y lo cierto es que la mejor opción que se ajusta hoy a nuestro sistema no es la boleta partidaria ni el voto electrónico sino la boleta única de papel. La Cámara Nacional Electoral, junto a diversos legisladores y ONG, la vienen pidiendo desde 2008.
El voto electrónico nos pone ante el desafío de controlar software y hardware de forma previa a la elección, durante la elección y con posterioridad. Que haya chip, código de barras o código QR no cambia la ecuación. Se necesitan fiscales electrónicos que puedan advertir si hay código malicioso o si hay cambios efectuados entre lo que se optó originalmente con lo que se computó posteriormente.
En los sistemas electrónicos no hay seguridad posible ni tampoco nadie puede decir que alguna vez los sistemas electrónicos sean infalibles, seguros o no puedan colapsar ante ataques cibernéticos. Ya vimos cómo se paralizó el servidor de la Justicia argentina declarando dos feriados judiciales, cómo Google (sí, Google) cayó y estuvo fuera de línea por largas horas y hasta los servidores más grandes (Dyn y Amazon Web Services) en la costa oeste de Estados Unidos de Norteamérica fueron volteados por una gigantesca maniobra hacker de un colectivo aún incierto.
Cuando argumentan la seguridad de los sistemas bancarios y financieros para justificar el voto electrónico, omiten los miles y miles de millones de dólares invertidos en seguridad y seguros; omiten que ese sistema se basa en la identificación del usuario con infinidad de métodos (clave, token, sms, persona física en sucursal, etcétera, etcétera). Y salvo error u omisión (S.E.U.O), el seguro del banco se hará cargo del faltante. El voto electrónico no puede dar esa posibilidad, ya que debe ser secreto. No tenemos margen de un error en la democracia. Si te hackean, si te hacen fraude electrónico, chau, democracia.
Ya hemos comprobado cómo puede ser quemado un chip, leído a distancia, clonado. Eso también puede suceder con los códigos QR o de barras que deben codificar las máquinas. El ciudadano de a pie o el fiscal de mesa no pueden saber si lo que se imprime corresponde con lo que trasmite en esa codificación.
Cuando vamos a experiencias mundiales que demuestran el retroceso del uso tecnológico en la emisión del voto (sí lo hay para el conteo), vemos cómo hoy la CIA no garantiza que no haya manipulación posible en los condados que votan con máquina en las próximas elecciones presidenciales de Estados Unidos. La misma agencia recomendó no utilizar hardware que sea chino en sus sistemas críticos.
Todo aquel que haya cursado la materia Ciberdefensa sabe que ha habido ataques, considerados acciones de guerra, entre países solamente con la utilización de un código escondido en un controlador de hardware en una plaqueta perdida en un aparato electrónico (así le “cocinó” Israel una centrifugadora atómica a Irán). Es decir, no hace falta transmitir nada para tener un troyano escondido en algún dispositivo electrónico de las máquinas que se compren.
Si aceptamos incorporar el voto electrónico, estamos simplificando el costo de un posible fraude. Sólo alcanza con saber si el fabricante habilitó un código escondido y quién vende ese código para alterar algorítmicamente resultados, cambios en la impresión de las boletas o la transmisión de los datos desde la controladora de la computadora multipropósito que venden como impresora.
No hay tiempo para revisar las máquinas el día de la elección, ni siquiera el votante controla lo que se imprime en un número total (estudios de Estados Unidos indican que apenas dos de cada diez electores controlan la boleta impresa).
No nos enteraremos jamás de un fraude de apenas unos votos aleatorios por máquina en las casi cien mil mesas. No hace falta movilizar tanto puntero para las zonas donde no se tiene control estatal o cívico. Ya sólo bastará con saber quién tiene la llave que abre la caja de Pandora. Y habremos perdido la democracia, para siempre.

 

Pablo Olivera Da Silva