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En una entrevista con Infobae, el economista y uno de los directores de la consultora MacroView resaltó que va a resultar muy difícil resolver la reestructuración de la deuda pública desde una posición ideología. Se interrogó sobre cómo lidiará el Gobierno con los mega desajustes fiscales y monetarios que dejará la pandemia

Rodolfo Santángelo, economista, asesor de empresas, fundador y director de la consultora MacroView junto a Carlos Melconian, dio a Infobae su visión sobre la particular coyuntura que afecta al mundo en general y a la Argentina en particular.

Y alertó sobre los efectos negativos que sobre la historia económica del país ha provocado el predominio de la ideología sobre las enseñanzas del mundo capitalistas para crecer de modo sustentable, más aún “cuando se pasa de un extremo a otro” con cada cambio de gobierno de diferente signo político.

Si bien tras la depresión de 2002 la actividad agregada logró reactivarse con fuerza con notable rapidez, ahora el escenario no alienta esa esperanza, no solo porque el mundo pospandemia aún es impredecible, sino principalmente porque las condiciones previas y posteriores eran notablemente diferentes a las actuales. Santángelo describe algunas de las diferencias de carácter netamente endógeno.

– Como era previsible, fracasó el primer tramo de la propuesta del Gobierno de reestructuración de la deuda bajo legislación extranjera. ¿A qué lo atribuye a qué era extremadamente ambiciosa en términos de años de gracia y tasas de interés a pagar desde 2023, o que no estuvo acompañada de un plan económico que demuestre la recuperación de la capacidad de pago futura?

– La existencia de un plan económico es y no es una garantía para los acreedores. Un gobierno puede presentar e incluso comprometerse con el mejor plan del mundo y después “por h o por b” no se cumple. Hasta ahora no se llegó a un acuerdo entre las partes porque la oferta que presentó el Ministerio de Hacienda implicaba no pagar un solo dólar por ningún concepto hasta 2023, después empezar a pagar cifras mínimas y recién muchos años más adelante pagar montos más razonables. Y en paralelo, la Argentina recién se comprometía a alcanzar un mínimo superávit fiscal primario dentro de varios años. Era una propuesta extrema y por eso recibió un rechazo extremo.

Lamentablemente, la Argentina pasa una vez más de un extremo a otro: de un equipo económico que creía que podía endeudarse externamente en dólares para financiar déficit fiscal en pesos pagando tasas de 8% anual y pensando que todo iba a converger mágicamente y los planetas se iban a alinear para que esta deuda sea pagable a otro equipo que pretende no pagar casi nada por cinco años. Se requiere de equilibrio político, pragmatismo económico y estar con los pies sobre la tierra para quebrar este extremismo inconducente que nos condena al fracaso.

– ¿Qué expectativas tiene para la nueva fecha límite? El ministro Martín Guzmán dijo que las pretensiones de los bonistas están muy lejos de las posibilidades de la Argentin, y el Presidente los desafió a qué presenten su oferta…

– La “ideología académica” sobre cómo resolver el tema de la deuda está en las antípodas de la lógica de los mercados de capitales. Está nutrida de una posición ideológica rígida que aspira a cambiar las reglas internacionales. Va a ser muy difícil acordar desde esta posición ideologizada. A esta altura, la decisión es política y está en manos del Presidente. Es Alberto Fernández quien tiene la opción de pasar de la ideología al pragmatismo político. Desde antes de asumir se lo escucha afirmar que no quiere incurrir en una cesación de pagos. Por supuesto, no va a cerrar un acuerdo a cualquier precio: tiene que ser sostenible (pagable) y políticamente viable (aceptable por la heterogénea coalición oficialista gobernante). No es imposible, hay espacio para un arreglo donde ninguna de las dos partes “salga derrotada”. Mucho tiempo no queda. Está la chance de no pagar el vencimiento del 22 de mayo, pero igual seguir negociando. Caer en default sería muy negativo. Tendría costos enormes de corto y mediano plazo versus beneficios imperceptibles.

– ¿Comparte las proyecciones macroeconómicas del ministro Guzmán de otro custrienio con estancamiento de la economía real, y caída de más de 4% por habitante?

– En las actuales circunstancias locales e internacionales inéditas en la historia del mundo, no es serio prever con contundencia cómo le irá a la Argentina en los próximos cuatro años. Sí está claro que si se siguen cometiendo los mismos errores políticos, de organización económica y de política macroeconómica de los últimos diez años, continuaremos sin crecer como ocurre desde 2011. Magia no hay. 2020 será obviamente un año muy negativo y quedarán secuelas. Será fundamental ver con qué esquema de política macro se encarará la salida de la cuarentena: con qué política fiscal y con qué política monetaria se intentará manejar el desbarajuste que provocó la pandemia.

Habrá muchísima emisión monetaria como paliativo de la crisis. Son emisiones ochentistas. Será clave ver si hay un mecanismo de evacuación de parte de esos pesos que quedarán dando vuelta. Será fundamental que los impactos inflacionarios que seguramente van a venir cuando las cosas se normalicen se encaucen de alguna manera, que aparezca una hoja de estabilización macro. Caso contrario, está el riesgo de que entremos en un régimen inflacionario de mayor alza del ritmo de los precios al consumidor. En función de cómo se encare este complejo desafío, recién ahí se verá para qué está la Argentina en cuanto a recuperación de la actividad.

– Una de las consecuencias de la pandemia de la Covid-19 fue la depreciación de las monedas de los principales socios comerciales no sólo frente al dólar, sino más aún respecto del peso ¿en esta coyuntura, en cuánto cree que puede afectar al comercio exterior argentino?

 El comercio exterior argentino ya está muy afectado, no solo por la diferente depreciación de las monedas, sino por el colapso del mundo que implicará una pérdida de unos USD 10.000 millones en el nivel de las exportaciones que se compensará con similar derrumbe de las importaciones y del déficit del turismo.

Ahora, si la depreciación del real respecto del peso argentino, aunque sin estar en los niveles de 2011 y 2015, se sostuviera pos pandemia generará una significativa presión sobre la política cambiaria en la Argentina, porque para equiparar ese valor tendría que estar el tipo de cambio de pesos por dólar, en relación al real, un 25% arriba, ajustado por inflación.

– La política monetaria desde el 20 de marzo pareciera que se ha mostrado muy errática, con primeras quincenas de fuerte expansión de base y segundas de marcada contracción ¿Cree que habrá que habituarse a eso por los cambios que el aislamiento provoca en la velocidad de circulación del dinero, o tiene otra explicación?

– En primer lugar, hay que decir que la política monetaria no es para nada errática, es recontra expansiva, porque no se mide por quincena, y menos por valores extremos en esos períodos, sino para promedios móvil mensual. Dicho eso, hay que destacar que el aumento de la emisión es hija de la expansión del gasto público, y eso determina una tasa de interés muy negativa en términos reales que por ahora no se refleja en los precios, pero si en la cotización del dólar paralelo y alternativos, pero si no se corrige, en los próximos meses, o cuando termine la cuarentena impuesta por el ASPO amenazará con una brusca aceleración de la inflación, y eso si será un grave problema.

– Más allá de las carencias de infraestructura derivada de más de 2 décadas con muy pobres tasas de inversión, ¿Cree que el stock de factores de producción, físicos y humanos, es insuficiente para poder aspirar a recuperar la senda de reactivación?

– Este año la actividad económica va a desplomarse. Puede registrar caídas similares a la de la crisis de 2002. Después de derrumbes tan fuertes, aparece cierta posibilidad de algún rebote a partir de capacidad instalada ociosa. En el post – 2002, la recuperación fue fortísima porque había capacidad instalada de los 90, la política macro fue eficaz para ese momento, el agro acompañó con cosechas muy importantes y Brasil con una reactivación fenomenal. Esta vez no estarán todas estas condiciones favorables para rebotar fuerte: venimos de una década sin un caudal inversor ampliador de la capacidad productiva, la macro es más complicada y el mundo también. Así y todo, no puede descartarse algún tipo de rebote de la actividad después de una caída que será muy fuerte y en un contexto monetario muy líquido. Pero en simultáneo, habrá que ver cómo lidia el Gobierno con los mega – desajustes fiscales y monetarios que quedarán tras la pandemia.

– Dentro de lo esperable en un gobierno populista, con regulaciones de precios, alta presión tributaria y baja apertura de la economía, ¿se puede aspirar a una modesta recuperación de la actividad económica?

– La Argentina no va a recuperar la chance de reactivar (que es más que un mero rebote) hasta que no confluya: un rumbo económico alineado al capitalismo moderno, con profunda inserción internacional e incentivador de la iniciativa privada, un programa macroeconómico integral de estabilización y crecimiento y un modelo de gestión micro eficaz y transparente. Un rumbo adecuado no sustituye un programa macro bien pensado y bien implementado. Un programa macro sin rumbo ni gestión posiblemente tenga patas cortas, no despeje el horizonte. Y sólo con gestión no se conduce un país. Las tres cosas son necesarias.

Es fundamental no seguir con los bamboleos: Argentina no puede pasar del libertinaje cambiario extremo con atraso del dólar y media Argentina yendo al Mundial de Rusia 2018 al actual control de cambios cuasi soviético con dólar paralelo y brecha ochentista que distorsiona todo y acorta totalmente el horizonte.